Contaba mi
abuela que en su pueblo natal a orillas del río D'Orba el hombre lobo era
fácilmente ubicable. Llevaba atada de una de sus patas traseras a la luna
llena. Por eso su andar era torpe y siempre estaba delatado por la luminosidad.
Como quien camina seguido por la luz de un farol sobre su cabeza. Los hombres
del pueblo no querían cazarlo porque era demasiado sencillo. Además seguramente
era un buen vecino que saltaba de su cama para cumplir un designio tan repetido
como la neurosis, claro que mi abuela no decía neurosis. Decía que llovería la misma
repetida maldición sobre aquel que matara a un vecino que tenía la desgracia de
tirar de la luna vestido de lobo.
*Foto de Alfred Cheney Johnston . La función del cuentista* El Bajo, madrugada. En el Bar Verde me encuentro con Tusitala, el moreno tamborilero que hace años supo ser cocinero jefe de una tribu de antropófagos reflexivos, en Africa. -Tengo una historia para usted -me dice Tusitala-. Me la relató un misionero que capturamos en la selva, un tal Spencer Holst, tipo curioso, había aprendido el idioma de los gatos y hablaba con ellos como si fueran personas. La cuestión es que ya estaba por tirarlo a la olla (pensaba prepararlo a la cazadora con papas) cuando dijo que quería contarnos una historia. A la gente de aquella tribu le enloquecían los cuentos. Así que suspendimos todo y lo rodeamos para escucharlo. -Usted tiene la virtud de despertar inmediatamente mi interés, Tusitala -le digo. -Resulta que en un tiempo el misionero había andado por Bali. Usted sabe que Bali es un lugar maravilloso, siempre es primavera, todo es verde ...

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