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EL REINO DE LA INVENCIÓN

 


*Dibujo de Erika Kuhn.

https://obraerikakuhn.blogspot.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Si se rompe el recuerdo y se desdobla

como la Trinidad: el tiempo, la conciencia y lo muerto

todo lo demás es el caos,

en catarata, así:

¿qué se hace con un edificio

cuando ya no puede mantenerse,

se lo demuele y se construye otro

que a la larga, tampoco podrá mantenerse?

¿Y qué se hace

con el amor cuando se apilan los días

y el recuerdo ya no puede fijarse

porque las postales de la fantasía cubren las certezas?

El reino de la invención está cerca

se puebla de monstruos y crece en la penumbra.

Se remodela un pueblo, una casa,

se cambia un piso, cortinas

se remodela un cuerpo

se afinan rasgos

se esculpen caderas.

La mente al contrario queda fija

en un sustrato anciano

recóndito lo inmutable

lo que se piensa del mundo y de los otros

una luz falaz, como el atardecer de dos pigmentos.

En catarata, se engaña,

se miente más que se habla, se teme, se renuncia

mientras el cuerpo dice

que no había modo de vivir de otra forma

que era

a matar o morir.

 


*De Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com

Escritora. Gestora cultural.

 

 

 

 



 

 

 

 

FILOSA BARANDA*

 

 

La niña se cansó de respirar

el aire viciado de la casa

y ha subido a la azotea,

fue trepando por empinados escalones

casi sin aliento,

su pollerita tableada onduló

para perturbar el envolvente frío.

Ahora la luz le traspasa los huesos

y la baranda que divide dos espacios

la llama

la llama

con la voz desfalleciente

de los que se despiden.

Esa baranda es como el filo de un cuchillo

que apenas se puede tocar

pero ella pasa sus dedos por el borde:

el peligro no es lastimarse

sino ser capturada por la oscuridad

una tambaleante oscuridad

que imita

sin pudor

a un lagarto de mil patas

o se prende al ruedo de su pollera

y convierte en viudas a las mujeres

y en huérfanos

a los recién nacidos.

Por esa baranda van a desfilar los años

estrepitosamente

y la niña lo sabe.

 

*De Irma Verolín. irmaverolin@hotmail.com

 

-Irma Verolín nació en Ciudad de Buenos Aires en 1953.

Ha publicado los libros de cuentos: "Hay una nena que gira", "La escalera del patio gris", “Una luz que encandila”, “Una foto de Einstein tocando el violín”, “Fervorosas historias de mujeres y hombres” y “Cuentos de mujeres leves” y las novelas: "El puño del tiempo", "El camino de los viajeros" y “La mujer invisible”.

Entre 1989 y 1999 varios títulos del género infanto-juvenil fueron editados por diferentes sellos del rubro. A partir de 2014 publicó en poesía: “De madrugada”, “Los días”, (Primer Premio Fundación Victoria Ocampo) y “Árbol de mis ancestros”. Obtuvo diversas distinciones entre las que se destacan Premio Emecé, Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Primer Premio Internacional de Puerto Rico, Primer Premio Internacional de Novela Mercosur, Primer Premio internacional Macedonio Fernández. Tres de sus novelas fueron finalistas en los premios Clarín, Fortabat, La Nación de Novela y Planeta de Argentina. Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes en 1999.  Textos suyos fueron traducidos al inglés, alemán, italiano, ruso y portugués.

  En el mes de mayo de 2024 la editorial española Ápeiron con sede en Madrid publicó un libro de cuentos de la autora bajo el título “Relatos del fin del mundo”. 

Se encuentra en proceso de edición la novela "Mujeres en el patio" en Editorial Ciccus con fecha de publicación marzo de 2026.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Caverna*

 

La luz del sol de noche sobre la mesa reproducía

Figuras gigantes y deformes sobre las paredes

Que se quebraban sobre el ángulo del techo.

Las sombras hacían como si el lugar estuviera

Habitado por alguien más que los presentes,

Y eran, también, una constancia de existencia

Monstruosa e indesmentible. Desde un rincón

El niño miraba quieto la tétrica danza familiar,

Temeroso de reconocerse deforme o de ser

tragado por la negrura de la puerta abierta.

 

*De Horacio Martín Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

-Horacio nació en Llavallol, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana Díaz Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en cuento, poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y Chile. Es autor de los libros de cuentos Palabras de piedra (Baobab, 1999), Media baja (Dunken, 2012) y La insistencia de la desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error.

-En el 2024 publicó su libro de cuentos La oscuridad de los hechos. -Editorial Esa luna tiene agua.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

Una peluda obsesión*

 

En este ensayo, Alejandro Badillo explora la naturaleza múltiple, ya legendaria, de los animales con los que convive: los gatos

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

Javier García-Galeano cuenta que, según una leyenda babilónica, los gatos descienden del león y del mono. De este último animal, añade, proviene su gusto por el juego. El mismo autor aventura otras probables explicaciones acerca de su origen: una invención china, un ser fantasma que aterrorizó a los soldados de Alejandro Magno. Lo cierto es que hay tantas definiciones y tantas génesis como el número de gatos que existen en el mundo, es decir, unos 600 millones. Su anatomía pertenece a distintos animales: las patas traseras son parecidas a las de los conejos y la cola podría ser la de un lémur o cualquier otro primate arborícola. Para el buen observador un gato tiene, también, muchas características humanas: caminan de puntas como lo hacen las bailarinas de ballet y desprecian un plato de comida porque, simplemente, no les da la gana probarlo. Muchos gatos miran con odio los charcos y saltan para evitar cualquier contacto. Otros –al igual que algunos de sus parientes más grandes– son afectos al agua. Sus ojos brillantes son los de una serpiente que se acerca antes de la estocada final. Cuando yacen de costado parecen barcos arrastrados por la marea, indiferentes a su destino. Si tienen suficiente confianza con la persona que se acerca para hacerles algún mimo permanecerán inmóviles, soltando a cuentagotas el afecto. Su gusto por el lujo, por las aventuras inútiles y por la pereza, hace que la línea que los separa de nosotros sea, a veces, muy difusa. Las coincidencias son tantas que, de vez en cuando, un gato puede transformarse en humano o viceversa.

Héctor A. Murena, escritor argentino, narra en su cuento “El gato” –incluido en la famosa Antología de la literatura fantástica de Silvina Ocampo, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares– una metamorfosis de humano a gato. Después de una decepción amorosa, un hombre se encierra en una diminuta pensión. Un gato lo acompaña en su exilio. No es un animal ordinario: tiene el pelaje color gris y parece “un dios viejo y degradado, pero que no ha perdido toda la fuerza para hacer daño a los hombres”. Cada vez más reacio a interactuar con el mundo exterior, el personaje se sumerge en un mundo de ensoñaciones. Intuye siluetas femeninas en la penumbra y se abandona a visiones concupiscentes. Siente los miembros pesados y duerme gran parte del día. Al final, cuando van a buscarlo a su guarida y tocan la puerta, el hombre intenta hablar, pero lo único que puede emitir, dolorosamente, es un maullido. Más allá de la transformación final, otra enseñanza que nos ofrece el cuento de Murena es la compleja relación del gato con el tiempo. Un gato es un artefacto que detiene el fluir de las acciones y de los pensamientos. A veces la pausa es tan larga que pueden suceder cosas extraordinarias. Un gato congela los objetos con su mirada y les devuelve la vida cuando algo distrae su atención. Esa manera de interactuar con la realidad hace que el gato exista en un plano distinto al de los demás animales.

Según el escritor Antonio Muñoz Molina en su libro El Robinson urbano, los gatos se apropian de los lugares más escondidos de nuestras ciudades y hacen breves aquelarres. Si el perro callejero transmite, casi de inmediato, una sensación de abandono, los gatos en la misma situación se adueñan del espacio en el que se mueven y lo transforman. Cuando no están dormidos, vigilan, como esfinges egipcias, las fronteras de su mundo. Una vez de vuelta a la realidad reinician sus recorridos, que siempre son hechos con cautela y sin prisas. Migran de lo alto de una barda al jardín y de la rama de un árbol al quicio de una ventana. Así han actuado desde su origen: sus ancestros migraron de la sabana africana al resto del mundo y, una vez, ahí, poblaron el asfalto, los tejados, las azoteas y, por supuesto, nuestras camas.

Peluche y Felpa son, más que mis gatas, una suerte de alter ego. Una gran parte de mi vida podría definirse a partir de mi relación con ellas. Cada una representa una posibilidad mía en el tiempo y en el espacio. Por eso las miro fijamente y trato de intuir qué parte de mí está ocurriendo en ese momento. En muchas ocasiones, por supuesto, encuentro en ellas mi indiferencia, el gusto por la soledad, pero también mi socarronería y cierto sadismo cuando exterminamos a algún bicho que invade nuestro territorio. Cuando llegó Peluche a la casa pude prolongar la relación que tuve, de niño, con un gato siamés. No conservo ninguna foto de él. Se quedaba en el jardín, sobre la tapa de un alto contendedor de plástico en el cual habíamos puesto una cesta para que se protegiera. Los siameses tienen fama de gran personalidad y siempre los rodea un aura de misterio. Son gatos de andamiaje fino, pero robustos; maulladores y muy inteligentes. Alguna vez leí en las memorias de un lama tibetano que esta raza de gatos era utilizada para proteger los tesoros más sagrados de los monasterios budistas, lugares escondidos entre las altas montañas. Sin embargo, el siamés que tenía, a quien le endilgué el predecible mote de Gordo, parecía haber olvidado el orgullo ancestral de su estirpe. Más de una vez tuve que salir al jardín, en medio de la noche, para defenderlo de las bravatas de sus enemigos. Una vez no volvió más y entonces comprendí que un gato es un tesoro y que no se puede dejar a las leyes del azar. No volvería a cometer el mismo error.

Mi gata Peluche es hija de las correrías de un gato siamés y una gata mestiza de color negro profundo. La raza o el resultado de ese cruce se le conoce como Lynx Point. Cuando la adoptamos fuimos por ella a la casa en donde había nacido. Algunos descendientes de los siameses conservan su figura alargada y resuelta. Heredaron también un ligero estrabismo que aparece, sobre todo, cuando tienen que mirar muy de cerca un objeto durante unos segundos. Peluche pasó su primera infancia aprendiendo a ser gata en soledad y, quizás, recordando las lecciones de su madre y las peleas con El Mollejas, su hermano, un gato que heredó el color negro de la rama materna y del que no supimos a ciencia cierta su destino. Peluche aprendió a tomar el sol en las mañanas y a refinar sus gustos culinarios en las noches. Comenzó probando la comida de gatos del supermercado y terminó alimentándose con croquetas holísticas, libres de granos, con alto contenido en proteína y una constelación de bondadosos nutrientes. Cuando creció un poco más sintió que era necesario dejar una huella perdurable en nuestras vidas y, en un lapso de pocos meses, destrozó el forro de vinil de las sillas de nuestro comedor. Esos jirones colgando del respaldo, los arañazos malignos en el asiento, fueron, para muchos, la prueba de que un gato disfruta echar por la borda el patrimonio familiar; pero para nosotros fueron un símbolo de amor, la prueba irrebatible de que nuestras vidas estarían ligadas para siempre.

La historia de Felpa, mi otra gata, unos tres años más joven que Peluche, es más azarosa. Debo el encuentro con ella a la descompostura del vidrio lateral de un auto que teníamos y cuyas averías ponían en jaque nuestro presupuesto mensual. Después de dejar el auto con el mecánico, caminé en dirección a la esquina de la calle y vi, en una pequeña veterinaria, a una gata blanco y negro, en una jaula diminuta, con unos cuatro o cinco perros a los que les calculé un mes de edad. No estaba, en absoluto, mortificada por su situación. Al contrario, lamía a sus compañeros como si ella fuera parte de la misma camada. Pensé que una gata con tan buena actitud merecía un destino feliz. Sin ninguna caja para llevarla, la tuve que cargar a mano limpia, tratando de esquivar sus garras diminutas pero afiladas. Una vez en casa, la pequeña gata fue a esconderse detrás del refrigerador. Estuvo ahí un rato, silenciosa. Pensé, iluso de mí, que me costaría ganarme su confianza y que me las tendría que ver con un animal huraño. Nada más lejano de la realidad. Felpa salió pronto de su escondite y comenzó a apoderarse rápidamente de nuestro territorio. Al inicio, como era previsible, Peluche reclamó su trono y su papel como Hembra Alfa de la casa, dueña de los casi cien metros cuadrados que conocía a la perfección, pero la intrusa la derrotó tan rápido que ni siquiera pudimos intervenir para salvar su honor. ¿Cómo lo hizo? La técnica de Felpa la llamaría como: “apodérate del lugar y que arda el mundo” o “intervención cínica”. Se acostó en los lugares favoritos de su compañera y se interesó –a pesar de las molestias que le ocasionaba– por cualquier juego o inspección que estuviera realizando. Le ganaba y le sigue ganando a Peluche el sitio y, ante los reclamos o la mirada de odio, simplemente deja que la vida corra.

Peluche opta por seguir la vieja sentencia taoísta que dice que la mejor guerra es la que se evita y así han pasado los días, los meses y los años. A pesar de esos desencuentros, las dos han logrado una especie de simbiosis que pasa por diversas etapas: del amor al odio hay sólo un paso, pero la desinteresada vida de un gato no acumula rencores. Ellas son como el Ying y el Yang. Peluche –a pesar de su natural displicencia– se siente atraída por las reuniones nocturnas en las que bebo con algunos amigos. A veces se coloca en la mesa de centro, entre los platos con botana y las botellas de cerveza, y desde ahí nos juzga con su mirada azul y un poco temblorosa. Felpa, por el contrario, rehúye de inmediato al ruido y a los extraños. Sólo después de muchos esfuerzos puede entrar en confianza. Peluche, una vez entrada en edad adulta, dejó de perseguir a los insectos que se meten a la casa. Sólo reacciona cuando alguna mosca pasa cerca de sus orejas o un bicho minúsculo e indescifrable salta entre sus bigotes. Felpa es perseverante en la caza y, para nuestro horror, lleva a sus víctimas aún vivas a nuestra cama. Peluche prefiere los quesos finos, las moronas de pan, la crema y las sardinas gourmet enlatadas. Su estrategia consiste en hacernos saber que quiere un poco de esas delicias, pero que por ningún motivo se rebajará a la súplica. Entonces bosteza largamente y se estira para fingir que ha despertado de un sueño muy profundo. Después, sin perder el hilo de su actuación, se acerca a la comida de su interés, se endereza, y se lame los bigotes dos o tres veces hasta que logra su objetivo. Felpa tampoco mendiga la comida, pero los gustos sibaritas de su amiga son territorio desconocido. Ella devora algo si cumple con lo mínimo necesario. Su delectación consiste en llenar el estómago lo más pronto posible y no se detiene en sutilezas. Quizás, por eso, Peluche es delgada y Felpa es gorda. Son como el Gordo y el Flaco o, mejor aún, como el Quijote y Sancho Panza. Peluche pertenece al reino de lo espiritual y Felpa echa sus raíces en lo mundano. Una medita y la otra actúa. Una entra en éxtasis cuando el olor a ajo inunda la cocina y la otra apenas lo percibe mientras bosteza y se acomoda de nuevo para continuar durmiendo.

Algo que me reconforta y que, al menos para mí, funciona como una especie de bálsamo, es la rutina. Hacer las mismas cosas, seguir los mismos horarios, me da tranquilidad. No hay que improvisar, simplemente hay que dejarse llevar. Los gatos son iguales: acuden a la sistematización de sus actos como una afirmación de su existencia. Álvaro Mutis refiere, en una de las tantas historias de Maqroll el Gaviero, su personaje favorito, que los gatos de Estambul recorren, una y otra vez, los límites de un palacio imperial que ya no existe. En medio de la ciudad moderna son capaces de hacer las mismas rutas que delinearon sus ancestros. Vigilan los muelles, miran los barcos, husmean entre las ruinas e investigan las sombras de viejos hechos. El Gaviero afirma que, si se deja un gato de otro lugar del mundo en Estambul, éste seguirá el mismo camino que sus parientes. Los gatos guardan la memoria del mundo y, por esta razón, ven cosas que nosotros no podemos ver. Quizás oyen el lamento de un amargo fantasma u obedecen a llamados que emergen, de pronto, entre las cortinas o debajo de un mueble. Yo he realizado mis propias rutinas con mis gatas. Podría decirse que, entre los tres, protagonizamos un Ballet que se desarrolla en el espacio íntimo de nuestro hogar. Voy de la sala, a la recámara y a la biblioteca. Ellas casi siempre me siguen. Felpa se coloca en su lugar favorito para observar la calle y Peluche se sienta a un lado de mí para mirar cómo escribo en la computadora. Los hábitos nocturnos de ellas, aún presentes en algunas ocasiones, se han amoldado a nuestras actividades diurnas. Así, en la noche profunda, gatos y humanos dormimos por igual.

Nuestra relación con los gatos no se limita a Peluche y Felpa. Los gatos callejeros conocen nuestro orden del día. A algunos los hemos dado en adopción. Uno de ellos, quizás el más entrañable, llegaba de sus correrías nocturnas muy temprano, al filo de las seis de la mañana, justo cuando emprendo el camino rumbo a mi trabajo. Le daba de comer. Cuando regresaba, horas después, él ya se había sacudido el sueño y estaba a punto de salir a su guardia en la cuadra. Imaginaba que éramos un par de compañeros de una hipotética fábrica, sellando nuestra entrada y salida en turnos diferentes. Otros gatos han aprendido a esperar a que saque el auto de la cochera para ir por su ración de comida. Con el tiempo hemos conocido sus temperamentos y costumbres. Los gatos se apoderan de nuestras vidas y, en una fraterna venganza, nosotros nos apoderamos de ellos a través de nuestra imaginación. Por eso, como una forma de corresponderlas, he metido a mis gatas en las ficciones que escribo y en las que habito todos los días. Por esta razón me detengo en medio de una conversación para inventarles un nuevo apodo o imagino las aventuras que tienen cuando no estamos en casa: quizás esculcan en nuestras ropas, desordenan nuestros papeles o cuchichean entre ellas con sonidos casi humanos. Algún día, quizás, alguna de las dos al fin se decida y nos hable.

Una leyenda oriental cuenta que en 1795 un gato exclamó “¡Qué lástima!” cuando su dueño, abad de un monasterio budista, espantó unas palomas a las que había estado acechando. El gato le explicó, segundos después, que todos los animales son capaces de hablar después de haber cumplido diez años de vida. Los gatos, incluso si sobrepasan los 24 o 25 años, pueden transformarse en lo que deseen. Con esa esperanza acecho a Peluche y Felpa todos los días. Dirán los amables lectores que los amantes de los gatos estamos locos. Yo digo que, simplemente, tenemos una vida más plena y que los seres humanos, por fortuna, estamos hechos de felices obsesiones.

 

*Fuente:

https://www.latempestad.mx/los-gatos-una-peluda-obsesion/?

 

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La casa*

 

*por Vanesa Silvina García.

 

La casa refugio, la casa templo, la casa niñez.

La casa soledad, silencio, abandono.

Proyecto, nostalgia, encierro o ventanas.

Según el momento en el que entres a la casa, te abriga o te expulsa.

En sus paredes proyecta escenas de cumpleaños repletos de risas y también ausencias de historias desvanecidas.

Ni todo bueno, ni todo malo.

Depende del momento en el que entres, lo que elegimos recordar.

Cambiamos de lugar los muebles y corremos los recuerdos de un lado al otro.

Miramos una foto y reconocemos esa postal, como la imagen congelada de una película que ya sacaron de cartelera.

El olor es tu olor, la temperatura es la justa, los colores tienen historia y sus sonidos te hacen mover al lugar preciso que tu cuerpo reconoce como melodía.

Tu casa sos vos. Tiene tu poesía, tu canción, tus sabores.

Tiene los tesoros más valiosos que pueden llevarse donde vayas, sin ocupar espacio.

La casa guarda y transforma.

Es profanada y recuperada tantas veces como ocurra, aunque no lo decidas, aunque no lo elijas.

La casa tiene tu imagen y semejanza, se te parece…

Encierra tu creación y también tu destrucción, porque la podés armar y reinventar todas las veces que te lo propongas.

La casa recibe hijos, nietos, padres, amigos, amores. También despide, aleja y cierra puertas.

Es tránsito, es movimiento y es línea de tiempo que se abre como ramas de un árbol longevo.

Tiene cajas cerradas que uno no sabe para qué guarda y cajas que abre para confirmar que ya no debe conservarlas.

La casa aguarda, espera, te observa, te ve pasar. Ve cómo te quedás en la cama hecho un bollito.

La casa te atrapa y otras veces te cuida… hasta que un día te deja ir para que entiendas que la podés llevar donde vayas, que la podés desarmar y armar varias veces, porque vos sos tu lugar, vos sos su espacio físico y temporal, vos sos tu casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hojas de remolacha*

 

En esa casa vivía la polaca. Si nos ponemos a describirla ahora, podemos decir que sobre el muro descascarado una Santa Rita se desborda en fucsia y espinas, con esa belleza traicionera de las enredaderas que dicen te abrazo y lastiman a traición con sus ferocidades ocultas. Delante del muro, una vereda estrecha de césped sin cortar y un basurero de hierro oxidado, que está hecho con una vara de cosa de un metro de alto y un canasto encima para que los perros no destrocen las bolsas.

Detrás del paredón se ven algunos pinos, naranjos y un limonero. Más atrás todavía otros árboles y el techo de chapa de la casa, con cenefas del tipo de las que tenían los andenes del ferrocarril, hojalata con recortes que recuerdan puntas de flecha vueltas hacia abajo.

La polaca había venido huyendo de la guerra, como tantos, y conservó el acento extranjero hasta el último día. La señora la conoció, en los últimos tiempos le hacía los mandados y la ayudó a la sobrina cuando hubo que hacerle la mudanza final.

Se queda un momento mirando el muro, la señora, recuerda.

La Polaca no tenía nombre, era La Polaca; tenía los ojos muy claros y unas manos con venas en relieve y callos como los de un albañil. El marido trabajaba en los ferrocarriles, ella hacía huerta y cosía para afuera cosas sencillas en una máquina negra, Singer, que funcionaba a pedales.

En la huerta lograba zapallitos, tomates, arvejas en sus chauchas de papel de felpa, pimientos, zanahorias. Se encorvaba trabajando, siempre en lucha contra los yuyos, los caracoles, las hormigas, las heladas. De día en la cocina y en la huerta, a la nochecita con los carreteles de hilo y las tijeras. Recuerda, la señora, las sopas de La Polaca, las tortas suculentas, el pan recién sacado del horno.

Había venido huyendo del hambre europea. Cuando vio la arena no podía creer que de este extraño suelo brotase la vida, floreciesen los naranjales y prosperasen los nísperos y las hortalizas. Asombrada y escandalizada veía cómo caían las moras, eran pisoteadas y se creaba un barro espeso. Eso es un pecado, decía, tirar comida es un pecado, y con las cáscaras de las papas hacía abono para las plantas, con la cáscara de los huevos disuelta en vinagre procuraba calcio para los huesos débiles.

Después fue que murió el marido. No se abandonó La Polaca, siempre con los batones limpios, el pasto cortado, su mantel en la mesa y las carpetas tejidas al crochet, blancas de toda blancura, sobre el bahiut de roble lustrado.

Pero el tiempo no solamente despintó los muros, desgastó las puertas, se le marcó en la cara, también y además de todo esto La Polaca se fue doblando. Despacio.

La señora se acuerda de haberla visto mucho tiempo con bastón, caminando cada vez más lentamente y con pasitos más cortos, la espalda cada vez con un ángulo más cerrado, hasta que quedó mirando el suelo. Y lo último ya fue que para trasladarse usaba dos botellas, se apoyaba con una mano en cada una y era casi como caminar en cuatro patas. Resultaba demasiado penoso y así ya no podía vivir sola.

Entonces vino la sobrina y la llevó al geriátrico.

La señora recuerda todo esto en medio segundo, porque contar lleva tiempo, recordar es un viento que pasa por el corazón. Cien imágenes cien sentimientos, una polka en la radio, el aroma de las flores de ligustro, levadura en una masa a contraluz, una fotografía en un marco oval, el chirrido de una mecedora, un gato en un alféizar. Fotos y fotos y fotos vistas todas a la vez, humo en los ojos, algo que parece nítido pero se desvanece entre las manos.

Saca la llave de la cartera, la señora, hace girar la llave en la cerradura, penetra en el predio.

La Polaca murió en el geriátrico.

La sobrina puso en venta la casa, y la vende con todo. No tiene el interés o el ánimo para enfrentar los objetos huérfanos. Hay demasiado silencio aquí, la tristeza de las cosas sin dueño es desoladora. Cómo defenderse de un peine con una hebra de cabello blanco, cómo no contagiarse de la angustia de la mecedora vacía junto a la ventana. Hay que huir, buscar una plaza donde jueguen chicos de risas agudas, ponerse una coraza de luz solar.

Con un estremecimiento, la señora habla al vacío, pide perdón por la intrusión, va abriendo los cajones y reuniendo todos los papeles, las cartas, las fotografías. A las fotografías las guarda en su bolso, a los papeles, sin desdoblarlos, sin leerlos, los quema en el asador de la galería. Después toma un objeto, sólo uno, de recuerdo, y vuelve a su casa.

La señora tiene sobre la mesada cinco remolachas con sus tallos y sus hojas. Toma la cuchilla, corta los tallos al ras de los tubérculos, limpia las hojas y las cocina con cebolla y morrón. Ves Polaca, dice. Ves, Polaca, no voy a tirar nada, Polaquita. Nada, viejita, hoy hay tarta de hojas de remolacha por vos, para no cometer pecado el día de tu entierro.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Se dice, quién no quiere, ser

atravesado por el amor

el cuerpo como cáscara

del otro lado, el contenido.

Con el interior a la intemperie, sin embargo hace falta

ser filósofo, poeta, practicar la religión.

Qué se hace con la nostalgia de Roma entera

esa foto en la playa

la cara del abismo cuando no existía

la creencia en la muerte y la felicidad,

ambas remotas

pero con el tiempo

por delante.

Nada se revierte, se dice, quién no quiere, ser

atravesado por el amor

nadie quiere

ser filósofo, poeta

practicar la religión.

 

 

*De Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com

Escritora. Gestora cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Callar*

 

 

*Por Vanesa Silvina García

 

Lo que no se dice, dice mucho.

Callar es un intento inútil de querer cambiar las cosas,

de desear que no existan así, tal como son.

Callar es un poco, como dejar de existir.

Hay cosas que son tan dolorosas que no se pueden decir.

Pensarlas, es decirlas en silencio y así nadie las escucha.

Si nadie las escucha entonces casi no existen.

Estar solo es escuchar las cosas que uno mismo se dice en silencio,

responderse, dudar y arrepentirse de lo que uno piensa.

Si las cosas no existen, no duelen.

Si las cosas empiezan… terminan.

Si terminan… duelen.

Entonces mejor que no empiecen.

Entonces… mejor me callo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Las cosas que son imposibles de explicar son las únicas que importan.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

https://cuentosinventren.blogspot.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

La reinvención

 

*Por Urbano Powell.

 

El hombre camina por su barrio con su mochila de frustraciones antiguas. Al dar vuelta la esquina reconoce a un compañero de la -ahora lejana- escuela secundaria. No lo ha visto en décadas.

Alejandro esta tirado en el piso debajo de un antiguo camión que parece haber sido fabricado durante la segunda guerra mundial.

"Lo compre por unos pocos pesos". -Explica. "Lo estoy reparando para que sea casa rodante. Voy a recorrer la Argentina con él".

El hombre mira a su amigo con una expresión intraducible. El camión es una ruina con su chasis sostenido por troncos de madera.

El amigo debe haber percibido una mirada escepticismo, o esa piedad que se tiene ante un delirio impracticable.

-"Si no tenés sueños, estas muerto". Dijo con un sentido justificatorio.

Al hombre la frase le pareció un flechazo en el pecho de su propia existencia.

Cambiaron de tema. Que sabían de los compañeros de entonces.

¿Sabes algo de Huber? -Preguntó el hombre-

Con Huber eran un trío inseparable en el primer año del industrial.

-Se fue a trabajar a un pueblo de campo en un centro de investigación. Le cambio la vida. Acá no tenía nada y a los 50 años nadie te da un trabajo estable. Hay que trabajar 12 horas arriba de un remis - completó el hombre el cuadro de situación.

Antes de despedirse el hombre pide las direcciones de correo de Huber, y la de Alejandro el portador de ese sueño de acercar distancias que ha intuido como inalcanzable.

El hombre siguió su camino acunado en angustias. Son años de sentirse fracasado y por más que haga enormes esfuerzos mentales no logra ver la mitad del vaso lleno. Solo gotas. Y se evaporan.

Esa misma noche le escribió a Huber.

Le contó su situación. Una vida horrible. El trabajo un espanto. Ni hablar de la soledad.

Huber le contesto rápido. Leyó su correo en la mañana siguiente.

 

-"Negrito, que alegría me das, salvo de Alejandro hace años que no sé nada de los compañeros de la escuela.

-"Lamento que no estés del lado de los integrados al modelo. Esta sociedad casi no da segundas oportunidades a nuestra edad. He tenido un golpe de suerte después de años de golpear puertas.

Esta noche, cuando vuelva a casa te cuento la historia de cómo llegue aquí."

El hombre responde: Dale, contame. Quiero saber una buena entre tantas calamidades que escucho en el día.

Al amanecer, cuando el calor insoportable apenas ha aflojado durante la noche, el hombre lee la carta Huber. Es una historia larga y no parece sencilla.

Había tenido un año peor que malo. Le extirparon un testículo, cuando salió de esa se quebró una pierna.

Su hija lo dibujaba: "Es papá en su burbuja" y lo representaba: La angustia lo aislaba cada vez más. Imposible ver futuro. El futuro era el día siguiente o la semana a lo sumo.

Un día recibió un llamado de un primo que vive en el campo, justo en el límite de los partidos de Yrigoyen y Bolívar.

"Se viene el ferrocarril de nuevo y va a haber trabajo en cada pueblo. Hasta posibilidad de radicar industrias y empleados"

Huber hizo un bolsito y se fue a ver a su primo. Fue por un par de días y volvió a la semana con otra cara.

Ese título que le dieron a leer era más que prometedor: "La reinvención del ferrocarril. Un proyecto comunitario de articulación social"

El tren volvía, pero cada pueblo debía formular proyectos que se respalden en el tren y den sustentabilidad a largo plazo.

Ahí tomo contacto con la gente de Herrera Vegas, 150 habitantes que tuvieron el criterio de no aceptar cualquier cosa.

Tomaron el asunto del proyecto para refundar su pueblo con el ferrocarril en serio. Armaron un concurso de ideas internacional y lograron el respaldo de la UNESCO.

En asambleas descartaron alternativas: ni planes de vivienda sin trabajo para quien llegue a vivir, ni la instalación de una cárcel -el Estado vive buscando lugares para ampliar su capacidad de encerrar en celdas-.

Tampoco industrias que contaminen más aún el agua.

Fue unánime. El proyecto ganador fue la radicación de un centro de investigación avanzada, al que se bautizó como "Alfonso Luis Herrera" en homenaje a un destacado científico mexicano. Un segundo proyecto también fue aprobado: un polo de microempresas que fabriquen alimentos.

Huber consiguió empleo en el centro de investigación como administrativo, a la espera de que lo asignen a un proyecto de investigación específico. Se levantaba bien temprano, caminaba hasta la estación Libertad y se subía al tren hasta Herrera Vegas. Trabajaba 8 horas con casi 6 de viaje entre ida y vuelta.

Cuando lo designaron como empleado contable en el proyecto NOGXA. Huber se animó a llevar a su familia a vivir a Herrera Vegas. "Ahora los chicos pueden jugar en la calle" (…) "dejas la bicicleta o la motito o lo que sea en la puerta de calle y nadie toca nada". (....) "No sé si es el paraíso, pero se le parece bastante..."

Así como el proceso que lo llevo a conseguir trabajo estable e irse a vivir a ese pequeño pueblo revoluciono su existencia. Huber habla maravillas del proyecto donde trabaja. Aunque él no entiende demasiado de lo que hace ese equipo de científicos, sostiene que el fin es noble, que van a terminar de dar vuelta el modo de pensar la relación entre mente y cuerpo.

"Negrito, no se lo digas a nadie, pero esta gente está experimentando con una máquina que puede grabar todo lo que la mente de un sujeto almacena durante su vida. (…) todo, absolutamente todo: imágenes, frases propias y de la gente querida. Lo políticamente correcto y lo traumático fijado en la memoria. (...) Además y esto es lo más decisivo: puede registrar el efecto de emociones y recuerdos pasados sobre el cuerpo en el aquí y ahora..."

Una vez hablo fuera del horario laboral con el director de NOGXA.

Huber se despreocupo por hablar un lenguaje de códigos y conceptos. Simplemente pregunto: Che, Javi, ¿Cómo se te ocurrió todo esto?

Gracias a Carl Kolchak, por el capítulo del hombre obligado a dormir en un laboratorio. Ese hombre que en sus sueños materializa al hombre musgo, el "Peremalfait", un cuco mítico de su infancia que mata a quienes quieran despertar a su creador.

Era un niño y ese capítulo me impresiono y dejo su huella en el tiempo. Desde ahí, para decirlo mal y breve me obstine por hacer visible, materializar de alguna forma los recuerdos y la actividad cerebral del ser humano.

¿Viste, negrito? Que asombrosas suelen ser las cosas...

-Te felicito hermano, le contestó el hombre. Era hora que te tocara un trabajo decente.

 (...) No lo voy a pensar ni un día más. Voy a visitarte a Herrera Vegas. Buscare un trabajo. No importa en qué oficio. Sino estar allí y vivir en un pueblo que se recrea. Que brinda la ilusión de reinventar la vida de quien pise su suelo.

Allá va el hombre a sacar su pasaje para viajar desde Merlo Gómez, la estación más cercana a su casa. En el camino ve un cartel de publicidad que dice: "Es hora de ser quién querés ser"

No es mala idea, -piensa el hombre-, quizás fuese tarde para ser el que hubiera querido ser a los 25 años. Pero el intento bien va a valer para demostrarse a sí mismo que no está derrotado.

 

https://cuentosinventren.blogspot.com/2026/03/la-reinvencion.html

 

 

 

 

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