*Foto de Eduardo Francisco Coiro. @educoiro
LA
CARRERITA*
Había llovido. Cuando la arena se moja, el
suelo de las calles pasa del desierto del Sahara, dificultoso y propicio a los
camellos, a una superficie compacta y caminable, traidora con sus charcos y
ladrillos emergentes, pero más amable en general para quien va, por ejemplo,
cargada con una bolsa llena de papas y cebollas, habiendo aprovechado la oferta
del verdulero, empeñado en ofrecer rebaja en el precio para quien compra tres
kilos.
Molesta por el peso de las verduras,
apurándose para poder llegar y dejarlas sobre la mesada de la cocina, vio ese
jardín con juveniles gigantes, qué placer, los años que tendrán esas plantas, y
en cambio las mías pobrecitas, que no terminan de despegar. Ah qué maravilla la
enredadera que trepa ese alambrado, ojo de poeta, erizada de flores amarillas
con centro oscuro, tan llamativas, siempre digo que voy a poner una planta y al
final termino dejándolo para el año próximo.
La señora parloteaba por dentro, y algunas
ideas más difusas apenas asomaban sobre sensaciones, recuerdos, apuntes hechos
sobre el agua. Mirándolo todo pero viendo poco, más con la atención puesta en
el conjunto que en algo tangible, la señora se encontró caminando por detrás de
un chico de nueve o diez años, que llevaba guardapolvos y mochila de escolar.
En la marcha, uno tiende a retrasar o
apurar el paso para no quedar apareado a un peatón desconocido. El chico
caminaba lentamente, la señora no tuvo que apresurarse demasiado para
sobrepasarlo y dejarlo atrás. En el momento de pasar a su lado vio el corte de
pelo reciente, los cabellos cortos erizados como un cepillo perfecto, y se
imaginó el tacto de la mano pasando por ese pelo, abatiéndolo como cuando el
oleaje mueve los juncos, o cuando el viento forma ondas en el trigo. Su mano
recordó el lomo de un gato de su casa infantil, y de inmediato se materializó
la foto de ese amigo que allá lejos en el tiempo se había rapado para trabajar
en el primer restaurante vegetariano de Santa Fe. Revive esa vez que Aldo llegó
a su casa con la flacura de un monje oriental, el pelito apenas creciendo de
vuelta, y cómo Aldo le dejó pasar la mano por el cepillo de su cabeza, y fijar
en la palma esa sensación inolvidable.
Abstraída en recuerdos, de pronto reparó en
que el paso moroso del chico a sus espaldas se había reavivado, y que, en vez
de quedar atrás, se iba acercando. Cargó el bolso en el hombro derecho, y ella
también aceleró. El chico se acercaba, indudablemente decidido a darle alcance.
Quién, de niño, no ha medido sus fuerzas
con la gente que inadvertidamente se desplaza por las veredas. Mientras el
chico acortaba la distancia, la señora se negó a rendirse. Iniciaron una
carrerita disimulada, y ella mantuvo la primera posición acelerando hasta casi
trotar. Los dos se apuraban, ella escuchaba la mochila golpeando la espalda del
nene, aferrada a su bolsa llena de papas.
Debía aplicar alguna táctica para vencer a
la juventud. Acercándose a un poste de luz, se mantuvo justo en el medio del
espacio libre, y de ese modo fue utilizando los obstáculos para impedir ser
sobrepasada. El poste, un perro dormido, la pila de ramas de una poda. Se
desplazaba en zigzag, obturándole el paso a su competidor. Se le fueron
acabando los recursos, y, finalmente, con un trote vigoroso, el chico pasó por
al lado de la señora, quien, en el momento de ser derrotada, le dijo “me
ganaste”. El triunfador volvió la cara hacia ella, la miró brevemente con ojos
color miel, y le sonrió sin decir nada.
Hermosa sonrisa; sonrisa amplia de
camarada, de amigo, de ser humano extendiendo una mano imaginaria.
Habían coincidido, habían jugado un juego,
se vieron por un momento y ahora se alejaban, cada uno retornando a su edad y a
sus quehaceres. Quién sabe por qué la alegría se desata cuando ocurren esta
clase de cosas.
*De Mónica
Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
*
Cada vida es muchos
días, día tras día. Caminamos a través de nosotros mismos, encontrando
ladrones, espectros, gigantes, ancianos, jóvenes, esposas, viudas, hermanos en
amor. Pero siempre encontrándonos a nosotros mismos. Ulises. James Joyce. Sobre
William Shakespeare, la obra y los personajes de Shakespeare. Parece que
Ricardo III era tío Ricardo, y Edmundo, era tío Edmundo, y Shilock su propio
padre prestamista, y así sucesivamente. Nadie se sueña Shakespeare, pero
tranquiliza en cierto modo saberlo.
*De Horacio
Martín Rodio. horaciorodio@hotmail.com
-Horacio
nació en Llavallol, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana Díaz
Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en
cuento, poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y
Chile. Es autor de los libros de cuentos Palabras
de piedra (Baobab, 1999), Media baja
(Dunken, 2012) y La insistencia de la
desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy
Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese
mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error. -En el 2024 publicó
su libro de cuentos La oscuridad de los
hechos. -Editorial Esa luna tiene agua.
Las
manos de Marina*
*Por Vanesa
Silvina García.
Era una guitarra enorme. En realidad, era
una guitarra de un tamaño común y corriente, pero yo era tan pequeña que mis
brazos no llegaban a rodearla. Lustrada, muy brillante, de madera oscura. Era
un objeto hermoso. Seguramente mi padre la había tenido en mente desde hacía
tiempo y me habría imaginado cantando y tocando melodías en el patio. Con apenas
cinco años, recién estaba aprendiendo a leer y escribir, lo cual me habilitó,
sin mediar palabra, a estar sentada ese mismo sábado, en la clase de Marina,
“la sobrina de Coca”, dijo mi papá. Yo no las conocía, a ninguna de las dos. No
las había visto en mi vida ni había escuchado sus nombres, pero entendí
enseguida que Marina iba a ser mi profesora de guitarra.
Durante sucesivos sábados de largos meses,
a las tres de la tarde era la cita, en la que yo me esforzaba por complacer a
Marina y a mi padre. De a poco salieron los primeros acordes, pero me costaba
mucho unirlos sin detener el rasgueo. Si cantaba no podía tocar, si tocaba no
podía leer y me costaba entender el significado de los versos. En más de una
oportunidad Marina, teniendo un poco de piedad y escapando a su propia
frustración, tomaba mi guitarra y tocaba esas hermosas canciones que a mí no me
salían ni parecidas, y dejaba que yo sólo cantara, una y otra vez, la misma y
después otra melodía. Yo quería que mis manos fueran las suyas. A veces me
preguntaba si nadie se daba cuenta de que la estaba pasando mal. Creo que
disimulaba muy bien. Pero un día, uno de esos sábados, el último, dejé de
escuchar, dejé de prestar atención y empecé a concentrarme en cómo iba a
explicar que no quería ir más. Yo sabía que ése era el último sábado. Cuando
papá me vino a buscar y me preguntó cómo me había ido, le respondí rápidamente
que me había ido bien, pero enseguida se me hizo un nudo en la garganta.
Intenté aguantar las lágrimas, pero no pude, porque me di cuenta que la
posibilidad de dejar las clases se alejaba si no podía salir de mi boca
simplemente la verdad. ¿No se daba cuenta mi papá de la angustia contenida?
¿Prefería seguir yendo a las clases antes de hacerlo sentir mal? Y estaba
dejando ir la oportunidad, si no hubiera sido por la bocanada de oxígeno que me
permitió de un tirón, soltar la frase entera sin interrupción: “Hoy fue el
último sábado porque no quiero ir más”. Me miró, me preguntó por qué, y le dije
que me costaba mucho, aunque hubiera querido decirle que no sabía leer todavía,
que me costaba pasar de un acorde al otro sin parar de tocar, que me dolían los
dedos, mis manos eran demasiado pequeñas y me pesaba la guitarra, que no
llegaba con los pies al suelo cuando me sentaba en el banquito, que se me
desafinaba la guitarra y no la sabía afinar y que además de todo tenía una
ampolla en el dedo pulgar… pero me largué a llorar y creo que entendió todo.
Como si hubiera perdido peso, aliviada, como si no rozara el piso al caminar,
llegué al ropero de mi habitación y guardé mi guitarra allí, en un lugar donde
no la pudiera ver. La tapé con alguna ropa que colgaba de las perchas, a
oscuras, como poniéndola en penitencia, como si la estuviera dejando madurar. Y
durmió allí hasta que cumplí los ocho años. De la misma forma que la escondí,
la saqué de su funda, leí el cuaderno sin previo aviso, sin señales. La acaricié,
la olí, la escuché, y como si mis dedos hubieran estado practicando en mi mente
durante tres años en forma secreta y silenciosa mientras yo dormía por las
noches, intenté recordar los acordes, el rasgueo de las cuerdas. Y aseguro que
tuve que mirar varias veces, porque por momentos mis pequeñas manos eran las de
Marina.
Cansancio*
Es cierto que cuando se ha caminado mucho,
y aunque a pesar de todo no se haya llegado muy lejos, o quizá precisamente por
eso, tiende a apoderarse de nosotros un cansancio que, por desconocido e
inesperado, nos desconcierta. En tales casos, uno piensa que tras una larga y
apacible noche junto a un hogar cálido, sobre un lecho confortable y al abrigo
de las mantas, todo será de nuevo como al principio, que se habrá borrado la
fatiga y podrá reanudarse el camino con renovadas energías. Pero en ningún modo
es así. Este cansancio es persistente y no bastan la noche, el hogar y las
mantas para hacerlo desaparecer. Aun si la noche fuese tan larga como el día
que la precedió -ese prolongado día que fue testigo de nuestro arduo caminar-
no hay garantía alguna de recuperación. Así, cuando amanece -si hemos de
suponer que tal cosa puede ocurrir en realidad- la fatiga es casi tan grande
como en el momento en que nos tendimos a descansar. Quisiéramos dormir un rato
más, sentarnos junto al fuego, demorarnos un poco aún junto al umbral, pero el
Posadero nos ha acompañado hasta la puerta y, con gesto amable, nos mira como invitándonos
a partir. Su mirada es tranquila y quizá hasta compasiva, pero el mensaje que
se desprende de ella es inequívoco: Debemos reemprender la marcha de inmediato.
Y así lo hacemos. Resignadamente. Nos despedimos con un gesto, retomamos el
sendero, verificamos la ruta -aun sabiendo que toda ruta es ilusoria- y nos
preguntamos si algún día, por fin, llegaremos. Tal vez nos ayudase -pensamos-
saber a qué lugar nos dirigimos.
*De Sergio
Borao Llop. sbllop@gmail.com
Neofascismo
y posfascismo: historia y construcción de un concepto*
*Por Alejandro
Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
Los conceptos con los que se describen
fenómenos políticos y sociales tienen una historia propia y un contexto
específico, y están sujetos a cambios y matices propiciados por la inevitable
evolución de la realidad. El término “fascismo” no es la excepción, ahora
matizado como “neofascismo” y “posfascismo”, lo cual implica ciertas
consideraciones que son la materia de este artículo.
Vivimos en una época en la que los
conceptos tienden a vaciarse y perder su significado original. La manipulación
del lenguaje lo pervierte y, en muchos casos, lo transforma en su contrario. La
“libertad” –en voz de la extrema derecha– es usada para atacar los derechos de
los otros. La perversión del lenguaje retratada en la ficción en 1984 –la obra clásica de George Orwell
publicada en 1949– ya se había hecho realidad en la Alemania nazi de esa misma
década. El filólogo alemán de origen judío Victor Klemperer describió en LTI. La lengua del Tercer Reich el cambio en
la percepción de palabras que tenían una connotación negativa antes del
fascismo como “fanático”, que se transformó en una cualidad positiva para el
régimen en lugar de su significado original: entusiasmo ciego e irracionalidad.
La llegada del siglo XXI ha acelerado la
manipulación de muchos términos. En ocasiones el uso indiscriminado contribuye
a inutilizar el lenguaje, pues sirve para caricaturizar a cualquier enemigo. En
este escenario, la palabra “fascismo” ha regresado al debate público y a las
redes sociales, pero a menudo se usa de forma inexacta y sin conocimiento de la
historia. No todos los regímenes autoritarios o dictaduras de derecha son
fascistas. Al usar el término sin entender su contexto se corre el riesgo de
inutilizarlo.
Robert O. Paxton publicó en 2004 el libro Anatomía del fascismo (editado en
español hasta 2019), una exploración histórica de esta ideología que tomó el
poder durante la primera mitad del siglo pasado. Paxton, historiador y profesor
emérito de la Universidad de Columbia, fue el primer académico que documentó el
colaboracionismo del régimen de Vichy con el nazismo en la Francia ocupada por
Hitler. Uno de los aspectos centrales de la investigación del académico es
entender las contradicciones del fascismo y, quizás lo más importante, su
posible regreso en nuestros años. Vivimos tiempos en los que se piensa –muchas
veces por pereza intelectual– que la historia puede volver justo como nos la
enseñaron en la escuela y en los libros. Es tentador y fácil asumir que la
historia se repite. Sin embargo, eventos históricos como el auge del fascismo y
su consolidación poco antes de la segunda guerra mundial responden a hechos
específicos, coyunturas cocinadas por largos años, decisiones personales e, incluso,
dosis de azar. Por esta razón, es muy arriesgado aventurar una simple
actualización de la historia. Tenemos, en su lugar, rasgos generales que se
ramifican en direcciones diferentes –acaso imprevisibles– y que quizás ameriten
nuevos términos. Palabras como “postfascismo” o “neofascismo” pueden ser
antecedentes de conceptos que aparezcan en el futuro y que definan mejor lo que
pasa en estos momentos con los movimientos políticos de nuestro siglo y sus
reacciones virulentas contra la democracia, las minorías étnicas, las mujeres y
el progresismo en general.
Es interesante que la primera estrategia
para manipular la historia sea vincular al fascismo con el socialismo para
demonizar a la izquierda global. También se ha vinculado, por medio de una
propaganda que no resiste el mínimo examen, al nazismo con el socialismo por el
nombre de la organización que llevó a Hitler al poder: el “nacionalsocialismo”.
Hay una verdad a medias detrás de esta manipulación histórica: en efecto,
muchos de los primeros fascistas –como el mismo Benito Mussolini en Italia–
habían militado en el socialismo, pero después abandonaron esta ideología para
conducir a sus seguidores a un nacionalismo cada vez más radical. Declaraciones
iniciales y documentos indican, en efecto, que el primer fascismo desconfiaba
de los capitalistas tradicionales y asumía su proyecto desde la política
reaccionaria, pues no creía en el racionalismo económico de la época. Con el
paso del tiempo, los industriales llegaron a acuerdos con los fascistas, pues la
economía de guerra les beneficiaba gracias, entre otras ventajas, a la mano de
obra esclava generada por el Estado.
El novelista francés Éric Vuillard ganó el
premio Goncourt en 2017 con El orden del
día, una novela breve que imagina, a partir de material de archivo, la
simbiosis entre empresarios y fascistas alemanes. El periodista holandés David
de Jong publicó en 2022 Dinero y poder en
el Tercer Reich, una investigación que sigue a muchas de las familias más
poderosas de Alemania, la acumulación de capital que lograron sus corporativos
con Hitler y la impunidad de la cual aún gozan en nuestros días.
Como afirma Robert O. Paxton, el fascismo
clásico creía en el Estado, pero no como un modelo democrático sino
totalitario. Aun así, Mussolini y Hitler tuvieron que lidiar con innumerables
tensiones entre las diferentes estructuras estatales que seguían conservando
gran parte de su funcionamiento legal. La violencia política fue, al inicio,
selectiva, hasta que se desbordó, particularmente en Alemania. Un buen ejemplo
es el desarrollo y evolución de los campos de concentración. En KL: Historia de los campos de concentración
nazis, Nikolaus Wachsmann describe cómo estos centros funcionaban de manera
poco uniforme y se dedicaban, en sus inicios, a los enemigos políticos de
Hitler que incluían, incluso, compañeros de viaje que habían sido víctimas de
diferentes purgas. Fue, en su última etapa, cuando los campos de concentración
se transformaron en una industria que hacía más eficiente el asesinato en masa.
Según muchos estudiosos, el fascismo tiende al colapso por la necesidad
continua de expansión, exterminio y búsqueda de un ideal imposible. No hay
vuelta atrás cuando se llega a la última etapa.
La discusión sobre la vuelta del fascismo
en el siglo XXI se concentra, para algunos investigadores, en la posibilidad o
imposibilidad de usar un concepto que tiene un límite histórico muy claro y que
acabó con el derrumbe del nazismo. De esta manera, es común encontrar términos
que usan algún prefijo para actualizar el término. Más allá del uso de palabras
como “neofascismo” o “postfascismo”, convendría enlistar los rasgos de esta
ideología (supremacismo racial, violencia política, expansionismo militar,
entre otros) para separarlos de dictaduras de facto y gobiernos autoritarios
que se han multiplicado en el mundo. El regreso de Donald Trump a la Casa
Blanca ha alertado a varios historiadores por el uso de las mismas estrategias
fascistas que se creían superadas y encerradas, para su estudio, en los libros.
En particular, la toma momentánea del Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero
de 2021 mostró la capacidad del trumpismo de movilizar a una cantidad no
desdeñable de seguidores para ejercer violencia. Fue entonces cuando cobró aún
más fuerza la discusión sobre el fascismo y su regreso.
La reacción virulenta al orden (neo)liberal
tendrá, seguramente, un nombre que ahora no se puede imaginar. El gran
historiador especialista en la Revolución Francesa, Robert Darnton, explica en
su libro más reciente, El temperamento
revolucionario, las condiciones previas a los grandes eventos que marcan la
historia y su iconografía. Una de sus tesis es que la Revolución Francesa se
desarrolló años antes de la toma de la Bastilla, el hecho que marca el
imaginario popular sobre esa época en Europa. De igual manera, nosotros somos
testigos inmediatos de un evento que se desarrolla gradualmente y cuyos efectos
más dramáticos aún están por verse. Este “nuevo fascismo” aún sin nombre no es
una especulación ociosa, pues se nutre del desequilibro global, parecido al que
sufrió el mundo durante la primera mitad del siglo XX. Si el fascismo clásico
pudo manipular a poblaciones enteras –que por primera vez podían votar– gracias
a la política de masas, un fenómeno que se ponía a prueba por primera vez, esta
nueva versión se extiende por medio de la desinformación, el simulacro, la
emocionalidad vacía y una fuerza que enmascara un nihilismo que desprecia
cualquier utopía.
El nuevo fascismo, contrario a lo que
surgió en el pasado, tiene un fuerte componente apocalíptico, pues no ofrece
ningún puerto seguro al cual llegar, sólo un medio para expresar la
desesperanza y la ira de nuestros tiempos
*Fuente:
https://semanal.jornada.com.mx/2026/03/14/neofascismo-y-posfascismo-historia-y-construccion-de-un-concepto-2581.html?
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
FANTASMAS EN LA PIEL*
Hace años, Kalman había visitado Sniatyn
pueblo de sus abuelos. Luego de días donde lo único que hizo fue caminar,
visitó al cementerio judío donde faltaban parientes de sus abuelos que fueron
llevados a campos de exterminio.
"Polonia es dolor" le había dicho
su padre cuando era niño. Allá no vas a encontrar nada nuestro. Ahora Sniatyn el pueblo de abuelos, su padre
y tíos queda en Ucrania.
Mientras caminaba en soledad sentía que su
padre tenía razón una vez más. Había sentido un profundo vacío que coexistía
con el dolor invisible de los ausentes. La voraz boca del tiempo los había
devorado a todos. Sentía que pisaba sobre las palabras con que su padre había
relatado al pueblo. Aquellas palabras eran lo sólido que había encontrado por
calles donde se cruzaba con personas amables que vivían aquel presente con
expresión feliz.
En todo su viaje no había dejado de pensar
en la familia de su padre que se salvó al huir a la Argentina antes de la
invasión nazi.
Recordó a su padre cuando le decía que hay
que temer a los "vivos nunca a los muertos". El horror en la historia
humana siempre lo han realizado tipejos escondidos en ideologías que justifican
quitar la condición humana. Son los hundidos en la enfermedad del poder.
La barbarie la realizan los vivos: ni los
muertos ni los fantasmas.
*De Eduardo
Francisco Coiro.
https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar/
EL
BOSQUE DE LOS CEREZOS HA PARTIDO*
Me desperté asustada por el estruendo leve
del silencio.
El bosque de los cerezos ha partido.
Ha partido. Ay sin despedirse.
También se ha ido el hombre del sombrero
roto.
Se lleva, Ay se lleva la huella de la
última nevada.
Los viñedos, inútilmente extendieron sus
brazos.
Ay no pudieron, no.
Reclusos crepitan en la pasión dorada del
otoño.
El sol, indeciso muerde una manzana de oro.
Ay una manzana de oro.
La esclavitud sonríe en la pausa fresca.
El bosque de los cerezos ha partido.
Ha partido. Ay sin despedirse.
El amor y el olvido, mustios
Caminan aferrados al hombre del sombrero
roto
Y se llevan, Ay se llevan la huella de la
última nevada.
*De Amelia
Arellano.
San Luis.
Un caballero errante*
Alejandro Badillo sobre la nueva adición a
la saga televisiva de ‘Juego de tronos’, la serie ‘El caballero de los Siete
Reinos’ (HBO)
*Por Alejandro
Badillo.
George R.R. Martin, creador del famoso
universo de Juego de tronos, es quizá
víctima de haber escrito un mundo demasiado real para sus numerosos seguidores.
En uno de los ensayos reunidos en Juego
de tronos. Un libro afilado como el acero valyrio (“¡Ponte a escribir,
George R.R. Martin!”), publicado por la editorial española Errata Naturae en
2012, la periodista Laura Miller describe la obsesión de los fans con los
libros y el fenómeno cultural generado por la saga, que se mantiene varios años
después de la publicación del título más reciente, en 2011, y el final de la
serie producida por HBO en 2019.
La creación de Martin ha provocado, como
afirma Miller, que muchos fans sean más expertos en Juego de tronos que el autor mismo. Es tal la cantidad de genealogías,
símbolos, mensajes encriptados, teorías de la conspiración, polémicas,
conocimiento canónico y misterios irresolubles, que George R.R. Martin
probablemente dejará inconclusa la saga por dos razones: la imposibilidad de
añadir algo más a una creación que lo rebasa en términos de imaginación y
memoria y, por supuesto, la tarea de satisfacer a los seguidores de un universo
que se ha convertido para ellos en una suerte de religión.
Debido a la sequía creativa de Martin, HBO
se ha dedicado a escarbar en los volúmenes de Juego de tronos y en historias
publicadas al margen de las narraciones más famosas. Los fans, por su parte,
han creado una galería de imágenes y secuencias de video para ilustrar
episodios que aparecen en algunos libros o son mencionados de forma indirecta
en algún pasaje. Esta imaginería visual es usada en los análisis de
especialistas en YouTube, que estrenan sus transmisiones una vez que acaba el
capítulo semanal de cualquier serie basada en su universo favorito. Para
explotar comercialmente el fenómeno mediático, a Juego de tronos siguió La
casa del dragón –precuela con personajes diferentes, estrenada en 2022– y,
este año, la primera temporada de El
caballero de los Siete Reinos (cocreada por Martin e Ira Parker), historia
basada en tres novelas cortas publicadas por el autor entre 1998 y 2010, antes
de que la fama de la serie llegara a su vida y se convirtiera en referente
global.
No sólo es interesante la trama de El caballero de los Siete Reinos (las
aventuras de un caballero errante y un escudero cuya identidad secreta se
revela a las primeras de cambio) sino el hecho de que se estrene en medio de
una fuerte crítica de la desigualdad y del poder. Si Juego de tronos y La casa del
dragón se concentran en las élites de un mundo de fantasía –aunque termina
siendo una copia del Medievo, como gran parte de la fantasía épica–, la nueva
serie de HBO tiene como personaje principal a Duncan el Alto, un joven sin
abolengo que representa, al menos en esta primera temporada, a la gente de a
pie que tiene que sobrevivir a una realidad dictada desde el trono.
El contexto es interesante también, pues la
historia retrata el declive de una dinastía –los Targaryen– que ha perdido a
los dragones, su arma principal. Inmersa en luchas internas, la élite que
oprime la tierra ficticia de Westeros tiene que hacer uso de la tradición, la
fuerza militar que aún le es fiel y, sobre todo, la capacidad de imponer
respeto en los llamados Siete Reinos. El temor, por supuesto, es otro
ingrediente para mantener un equilibrio social cada vez más precario. Tiempo
después, cuando la dinastía está casi extinta, una de sus descendientes,
Daenerys Targaryen, recupera a los dragones y destruye King’s Landing –la
capital de Westeros– en el capítulo 5 de la octava temporada de Juego de
tronos, cuyas imágenes recuerdan las de un bombardeo nuclear. El final de la
serie remite a un determinismo que molestó a muchos espectadores, pues la
rebelión que promete libertad a los oprimidos degenera en una orgía de sangre y
en el germen de una dictadura con reminiscencias del fascismo del siglo XX.
En medio de la épica trágica de Juego de tronos, la figura de un
caballero errante como Duncan el Alto (Peter Claffey) es una reivindicación de
los antiguos ideales de la caballería. No sólo eso: el escudero del
protagonista es un noble de escasos 8 o 9 años. Aegon “Egg” Targaryen (Dexter
Sol Ansell) es un niño que intenta alejarse del poder para no corromperse y
encuentra en el caballero un modelo a seguir. La serie, al menos en su primera
temporada, apenas recurre a elementos sobrenaturales, pues la intención es
mostrar el enfrentamiento entre el idealismo de Duncan el Alto y una sociedad
que se ha acostumbrado al sometimiento y es gobernada por tiranos cada vez más
alejados de la realidad.
El héroe que inicia su camino desde abajo y
enfrenta al poder es un paradigma que se retrata en innumerables narraciones a
lo largo del tiempo. En esta nueva aproximación, el contraste entre un
caballero que duerme bajo un árbol y una nobleza que ha perdido casi toda su
legitimidad encaja muy bien con nuestra época. En el capítulo 5 de la serie,
“In the Name of the Mother”, Duncan el Alto se enfrenta a un juicio por combate
a causa de su defensa de una mujer agredida por Aerion Targaryen, uno de los
herederos al trono y hermano de su escudero. Forzado a obtener un último
combatiente para su causa, Duncan el Alto se dirige a la tribuna llena de
nobles de distintos rangos y les reclama, mientras algunos guardan silencio y
otros se burlan, la falta de honor y la pérdida de principios. Ese reclamo
resuena con fuerza en el siglo XXI.
Más allá de lo que suceda con Duncan el
Alto, El caballero de los Siete Reinos
ofrece una mirada diferente a la idealización de la fantasía épica inspirada en
el imaginario asociado a la Edad Media. No es un secreto que la ultraderecha
global ha usado la nostalgia por los reinos medievales e, incluso, el Imperio
romano para vender la idea de una sociedad patriarcal y jerárquica como remedio
al caos de nuestra época. Los grandes emperadores, el determinismo histórico,
la jerarquía obtenida por nacimiento y, sobre todo, la idea de una sociedad
pura que representa el bien y la civilización enfrentada a una amenaza externa,
han sido explotados desde hace mucho tiempo en series y películas. En medio de
las grandes historias existen personajes como Duncan el Alto, que rechazan los
grandes honores y que van a contracorriente en un mundo en crisis.
Si los grandes reyes del universo de Juego de tronos pueden mandar al
matadero a su ejército o ejecutar a alguien por capricho, Duncan el Alto decide
perdonar a un rival caído en un duelo y ser amable con los animales, algo que
una parte de la sociedad actual no dudaría en calificar de woke, pues va en
contra de la política de la crueldad y la deshumanización que se difunde desde
diferentes trincheras. La historia de El
caballero de los Siete Reinos no es, en absoluto, revolucionaria; sin
embargo, muestra que la épica también puede ocurrir en las historias minúsculas
–al menos en sus inicios– que contrastan con las leyendas de los grandes
hombres. Quizá los fans de George R.R. Martin puedan apreciar este tipo de
historias, que ocurren al margen de las grandes batallas.
*Fuente:
https://www.latempestad.mx/tornavoz-george-r-r-martin-el-caballero-de-los-siete-reinos/?
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
EL
ROLLO DEL TIEMPO*
1
La vida me permitió acceder al fantástico
mundo del arquitecto Jerome Ricardo Klepka.
Antes de partir a Corbett, su gran obra,
había recibido de manos de su amiga Irene una caja con planos, dibujos de
esculturas y cuadernos donde Jerome anotaba frases o explicaba el significado
de sus obras.
Mientras viajaba en tren ya sentía que el
arquitecto Klepka tenía una lúdica creatividad que le permitió colocar sus
esculturas "Como los 109 trofeos que debía cazar un Maharajá". En su
cuaderno explicaba:
“esta
es una cacería de recuerdos propios a los que debo darles una materialidad”.
2
El hotel se llama "Edward James
Corbett Resort". Bien visible a metros de la estación de tren. Es un hotel
de tres estrellas con baño privado. Pedí una habitación sin saber cuánto tiempo
necesitaría para recorrer el parque natural y las obras de arte que Jerome
había dejado allí plantadas para que sean vistas e interpretadas por los
visitantes.
Ni bien entré pude escuchar del conserje
una historia que habla de la personalidad del arquitecto. Durante la obra del
reciclado del hotel, el hombre había tenido una fuerte discusión con el
contratista que colocaba el parquet. La discusión había llegado al punto de la
furia y los hombres iban a arreglar sus diferencias a trompadas. Hasta que el
parquetista lo insulto en ruso y Klepka le contesto con otro insulto similar
también en idioma ruso. -Irene me había contado que Jerome había aprendido ruso
porque su padre lo hablaba como segundo idioma; ya en su adolescencia había
decidido estudiarlo bien para leer a Gorki en su idioma madre. -
La cosa es que el conocimiento común de
cultura eslava los amigó. El contratista y el arquitecto comenzaron a cantar
juntos canciones tradicionales. Para festejar el descubrimiento, Jerome fue
hasta su auto, trajo una botella de Grappa Chizzotti y brindaron con los
obreros presentes en la obra.
-Como Ud. mismo podrá observar, el parquet
de pinotea ha quedado impecable. -Concluyó el conserje.
3
Un buen rato antes de lograr dormir en una
cama desconocida pensaba que escribir sobre un hombre y su obra no es tarea
sencilla -al menos con Klepka-. ¿Podría escribir algo más que una crónica sobre
lo visto en Corbett? No quería -como muchas otras veces- plantearme objetivos
demasiados alejados, tenía certeza sobre las limitaciones de mi escritura. Sin
respuesta, lo mejor fue dormirme y esperar que el día siguiente aclarara con su
luz las cosas.
4
Desayuné con vista al verde del parque. Un
cielo amplio se elevaba. El día se mostraba como una promesa esplendida. Como
muchas otras veces sentía incomodidad con la soledad. Casi siempre mi trabajo
me llevaba a permanecer solo en diferentes hoteles, la soledad me convertía en
un observador o en un cazador de imágenes más precisamente. Me llamó la
atención la leyenda impresa en la remera del hombre de la cabeza afeitada.
Tenía menos de cuarenta años, un cuerpo trabajado en horas de gimnasio. Parecía
estar en gira de negocios desayunando con socios o clientes. La remera decía en
letra enorme: "Y si la mujer del prójimo me desea a mí".
No quise distraerme más. Llevaba en mi
bolso un par de cuadernos donde Jerome describía el origen de las obras que iba
a ver ni bien me animara a salir al afuera del hotel.
En el pequeño parque lindero al que miran
los ventanales del comedor está el monumento a Edward J. Corbett. Es una
escultura de hierro negro. Teriántropos en lucha: Cuerpo humano con cabeza de
Tigre. Arriba de la cabeza lleva el sombrero clásico que hemos visto en las
películas llevar a los cazadores. Esa figura lucha con una enorme víbora que se
enrosca por su cuerpo desde su pie izquierdo. La serpiente termina en una
cabeza humana que mantenía colmillos y lengua de serpiente.
La estatua tiene el subtítulo de
"Metamorfosis". Se lee en su enorme base de cemento la inscripción de
autoría: JEROME RICARDO KLEPKA. ESTATUARIO. ARQUITECTO. CLONADOR PAISAJISTA.
En el cuaderno dice -textual-:
"Metamorfosis". Fue con la infección del colmillo izquierdo. Tenía la
mitad del rostro con aspecto felino. Sentía que la fiebre era una enorme
serpiente que se enroscaba. Deliraba. Lo más lógico es que la serpiente tuviera
en su rostro el aspecto de la serpiente a la que llamamos, afiebrados de
autoengaño, "ser humano".
5
Alejándose de la estación hacia el norte se
llega al Parque Natural, situado en las tierras de la antigua estancia de los
Corbett. Allí quedaron al aire libre las obras de arte de Klepka. La primera
obra que pude observar se titula: "El rollo del tiempo".
Escribe: "Después de la salud, el
tiempo es lo más valioso que posee una persona. (...) Pensé en las manos de mi
padre, en los objetos que había dejado abandonados en el galpón de la casa.
Había dos lavarropas oxidados, una heladera Siam. Los alambres que sostenían la
antigua parra habían quedado formando un rollo, una nebulosa galaxia que ya no
podría volver a extenderse. Fue mi hijo quien lo bautizó como rollo del
tiempo"
Me maravilló mucho la obra dedicada a Kurt Vonnegut. "Insectos atrapados
en ámbar" Son piedras traslucidas apiladas como un muro adentro hay
cuerpos de insectos con cabeza humana. Arriba del muro desfila un soldado con
un uniforme alemán de la segunda guerra.
Jerome anotó: “están mi padre y mi tío en
la guerra, nunca saldrán del todo. Llegaron a la Argentina, no quedaron
enterrados en el cementerio polaco. En el oído les quedara el zumbido de los
proyectiles que reventaban al tímpano. Puedo volver a los ojos vivaces de mi
padre cuando recordaba la noche iluminada por los proyectiles en la batalla de
Montecassino”.
6
Retorné del parque bastante cansado. Era
plena noche. Había cenado en un pequeño restaurante ubicado en la antigua
residencia del comisionado inglés. Volví a la habitación. me bañe con una ducha
que no logre regular bien. Aflojé el cansancio y me dispuse a dormir. La
cercanía al campo convertía al hotel en un espacio de resonancia de lo lejano y
lo inmediato a la vez. Desde la habitación contigua se oía una pareja hacer el
amor. En un trance interminable la mujer jadeaba o gritaba. Mi primera idea no
fue nada romántica: este Jerome, ha sido un gran artista, pero como puede ser
que haya construido paredes con paneles de yeso que aíslan poco por no decir
nada.
Desde el campo empezó a ganar espacio un
tren acercándose con el inconfundible sonido de las vaporeras.
En el limbo entre despierto y dormido, se
mixturaban en mis oídos las furias: las del vapor de la locomotora con los
jadeos de la pareja.
Una locomotora atraviesa la noche. Otra
mujer se enciende, se deshace en vapores, jadea. Hay viajes que crean vida y
otros que la llevan de un sitio a otro. Antes de lograr conciliar el sueño
pensé en lo apropiado del título de una de las obras de Klepka: "Lo
erótico es la vida".
*De Eduardo
Francisco Coiro.
https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar/
*
Una radio. Un dial
llevado con urgencia al punto exacto. El sonido se expande y surgen voces,
palabras necesarias para acallar otra cosa…
Es la escena de la
película de anoche, que volvió esta mañana apilada a pensamientos y
sensaciones.
Sostengo el dial.
¿Cuántos puntos hay donde acariciarlo para que el sonido se abra limpio contra
el oído?
Lo llevo al punto
exacto para oír sin ruido.
Quiero más. ¿Ese
sonido existe en otra parte? Porque no deseo otra cosa: solo esto que hallé,
esta vibración que amo y me conmueve.
¿Bajar el volumen? A
veces hay que hacerlo. Pero otras hay que tomar la vida de las orejas y que
escuche, por Dios, que escuche.
No pude volver a
dormirme. Me quedé en ese punto exacto, sosteniendo la respiración, con la
tensión justa para que la voz no se extinga.
*Por Lorena
Suez, suezlorena@gmail.com
Escritora / Poeta
Lic. en Ciencias de la Comunicación /
Psicóloga Social
-La percepción como máquina. -Mentoría de
procesos creativos.
-Talleres de lectura y escritura.
Colibríes*
De quién era el alma del colibrí que se
detuvo,
es una forma de decir, frente a mi cara,
ayer,
apenas a unos veinticinco centímetros casi
durante veinte segundos mientras hablaba
por teléfono, ¿Qué fue para él lo extrañó
en mí?
De quién es la del que me visita todos los
días
cuando riego las plantas y se deleita en
mojarse
con las gotitas de agua. O el que me siguió
por la calle dando giros alrededor de mi
cabeza
durante una cuadra y media hasta mi puerta.
¿Mi madre dolida del desamor de mis
recuerdos,
y atenta a deshoras, después de las
ausencias
de sus desvaríos que no puedo olvidar
a pesar del tiempo? ¿Mi padre incrédulo
y orgulloso de que su hijo escriba libros
tratando de asegurarse que soy el mismo?
¿O vos?, de quien no doy referencia.
*De Horacio
Rodio. horaciorodio@hotmail.com
*
La escritura de un
poema o un artefacto verbal como el poema (cualquier otro género literario)
trata de un salto. De un movimiento agazapado y del salto que presupone ese
inconsciente revelado de súbito. Como tigre, león, pantera, gatos, escondidos,
haciéndose los que duermen. Lobos, perros escondidos en el follaje, silencio
redondo y perfecto. No parece que hubiera nada en ninguna parte, sólo la calma
del viento, los rumores de siempre. Hay una detención del mundo. La mirada está
en tensión extrema, en un embudo de aire. Nadie toma nota, puede haber un
movimiento ínfimo, pero la presa de palabras no sabe que es presa. Nadie espera
el salto. El salto puede ser una palabra repentina, una aparición de frase
repentina. El salto puede ser un corte en la vida que no se entiende. Tampoco
se entiende el salto. No hay nada que decir: el referente es un vacío que
remite a otras palabras. Un vacío por saturación, que es la intensidad.
*De Liliana
Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/
Estación
San Sebastián*
*Por Ana
María Broglio.
Querido hijo:
He recibido la carta
donde me sugieres que vaya a vivir con ustedes. Tienes razón, ya no es bueno
que viva solo en esta casa donde me crie, desde donde mi madre, apretando sus
labios en un rezo, me veía correr para subir al tren y luego saltar al vacío.
¿Qué hubiera hecho yo
sin los trenes?
Cuando las piernas me
lo permiten, me acerco a ver ese camino de hierro que se pierde, más allá del
horizonte… en el cielo.
Entonces, miraba las
vías de otro modo. Apretaba fuerte las estampitas entre los dedos y subía y
bajaba del tren, cuando estaba en movimiento, sin ninguna dificultad.
Eran años difíciles.
Los turistas venían desde Buenos Aires y viajaban en plan de baños a Carhué.
Por lo que se sabía, allí había las aguas termales más curativas de Argentina.
Entonces, la gente era compasiva. Al verme descalzo, con poca ropa, me daban
monedas, comida, golosinas y yo volvía a casa feliz y le prometía a mi madre
que cuando fuera mayor, le compraría un sombrero y la llevaría a las termas,
para que se cure del reuma.
Mi madre acariciaba mi
cabeza y me miraba con ternura y yo me sentía más hombre que nunca.
-Tienes que aprender
mucho sobre el ferrocarril, así cuando se los cuentes, los turistas te pagarán
la información - insistía mi maestra. A
la señorita le pareció muy buena la idea de que practicara la lectura y me
prestó, de la biblioteca escolar, una revista con la historia del tren. Apenas
había aprendido a leer y por eso me costaba bastante hilvanar las palabras y el
sentido de las frases. Me hacía pasar al frente y me obligaba a practicar en
voz alta, hasta que conseguí hacerlo de corrido y luego memorizar lo escrito:
“En la línea de rieles, San Sebastián, es la
última estación en haber sido levantada, desde Puente Alsina, por la firma
constructora Hume Hnos. Esta firma, edificaba las estaciones del FC Midland. Al
llegar el tendido a San Sebastián, la sociedad constructora, quedó en
bancarrota como resultado de largas disputas, por intereses, con la Compañía
General Buenos Aires. En ese momento (mediados de 1908) el Ferrocarril del Sud
y el Ferrocarril del Oeste, absorbieron al Midland y continuaron la
construcción, reemplazando a la Hume por la Clarke, Bradbury y Co., lo que le
da a las estaciones de aquí a Carhué, un diseño arquitectónico totalmente
distinto, similar a las estaciones del Ferrocarril Sarmiento”.
De pie, en el centro
del vagón, cada vez con mayor seguridad, recitaba lo aprendido. Luego pasaba mi
cajita de cartón por todos los asientos y la gente depositaba sus
colaboraciones. Los clientes me respetaban y las ganancias eran mayores. Dejé
de vender las estampitas y compré, a mi mamá y a la maestra, un bonito adorno
para colgar de la pared.
Aquel día, lo recuerdo
bien, viajaba una señora, sentada junto a una de las ventanillas. El vagón
estaba completo pero el lugar, al lado de ella, vacío, sin ocupar. El viento
movía su cabellera, que era del mismo color del sol cuando cae. Un vestido con
motitas verdes y sus anteojos ovalados, de ancha armadura blanca. Encendió un
cigarrillo, a la vez que escuchaba mis palabras con atención.
Por su aire distinguido,
no tuve dudas, venía de la gran ciudad. Sobresalía entre nosotros, la gente del
pueblo, pero también era diferente a los otros viajeros que la miraban fumar
casi con desprecio.
El caso es que ella
estaba en el tren cuando yo lo abordé y me puse a recitar mi memorización de
rutina. Me preguntaba qué hacía esa dama
viajando en este tren, indiferente a los susurros y chismes de los pasajeros
que no le quitaban la vista de encima. También yo la observaba mientras me
escuchaba, sus hermosas uñas pintadas y su bolso adornado, de resplandecientes
moños dorados.
No recuerdo de otra
persona que no fuera de mi familia o mi maestra, que me haya sonreído con tanta
amabilidad, al momento de pasar mi cajita y tan generosa pues, tampoco
recuerdo, haber recibido tamaña cantidad de dinero por el mismo trabajo.
Ese día como pocos,
salté del tren, exultante por la recaudación.
Nunca volví a verla
pero mi madre se ruborizó cuando se la mencioné y me dijo que era de las
mujeres que venían a trabajar, en un lugar de lucecitas rojas, detrás de la
estación La Rica, unos kilómetros más adelante.
Cuando terminé la
primaria ya estaba hecho al ferrocarril y pude conseguir un empleo como mozo de
carga. La muchedumbre se arremolinaba en el andén y yo debía correr de un lado al
otro para cumplir con mi tarea.
Los años me hicieron
guardabarreras y jamás me aburrí de ver pasar las formaciones, de esperar que
llegaran y de despedirlas al partir.
Ahora que el
calendario de mi vida consume sus últimas hojas, mi querido, mi buen hijo, no
me pidas que abandone los trenes.
Ha pasado la vida.
Aunque el tren ya no regrese, sigo sentándome en el viejo banco, debajo del
alero de la estación, a esperar el pitido que anuncia su llegada. El servicio se ha suspendido desde hace años
y yo, he aprendido que la soledad, es una estela de humo en el recuerdo, restos
de una memoria de papel que el tiempo ha borrado, un desierto sin norte, olas
de arena en un mar seco, un extenso camino de hierro que marcha paralelo, desde
mi niñez a la muerte.
Tuyo, tu padre.
https://cuentosinventren.blogspot.com/2026/03/estacion-san-sebastian.html?
-A la memoria de Ana María Broglio-
-Próxima
estación:
GOBERNADOR
UDAONDO.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
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responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Blog histórico
& archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

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