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EDICIÓN JULIO 2026

 


*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).

-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam

http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1367%3Awalkala&catid=94%3Apintura&Itemid=160

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VERSOS DE AMANECER*

 

Y si nos damos una oportunidad,

Y si trabajamos para darnos una oportunidad,

y si a toda hora del vivir, entre la abundante maleza,

elegimos sin concesiones y sin yuyos menores

(siempre siempre yuyos menores),

y tratamos de hacer un camino, pero antes

soñamos e ideamos hacer un camino,

donde, paso a paso, el aire limpio tenga morada.

Y si nos damos una oportunidad,

aunque hoy estemos lejos (cada hora más lejos),

y si trabajamos para darnos una oportunidad,

aunque el mal tiempo siempre se cruce,

para no ser los desafortunados que somos

de toda buena razón y toda fortuna.

 

*De Eduardo Dalter.

- De LUCES DE LA ORILLA.

Ediciones LA CARTA DE OLIVER. 2025

 

 

 

 

 

 

 

EL AMANTE DEL ALBA*

 

Cerrada está la puerta corazón. Cerrada. Cerros, cerrazón.

Has evadido grutas, canceles y presidios.

Y has entrado. Ay, has entrado.

Noche. Cataléptico mundo.

Todos duermen. Todos.

Todos, menos tu negro dragón escarcha.

Se. Estoy segura, has seducido al alba.

Le has dicho que te espere.

Que serás su escudero, su amante, su arco iris.

Y te has dejado caer por la rendija cómplice.

Sediento. Bebes las oscuras gotas del deseo.

Embriagado estallas tu lengua en el jazmín de leche.

Has desafiado el noveno mandamiento y has dicho te amo.

Sabes que es otoño y has besado los frutos de un mentido verano

Ay amado mío nunca amado. Soledad que devora

París. Nubes de cigüeñas. Reyes magos...

Está oscuro y tengo hambre de pájaros.

Y no hay pájaros, ni mar, ni siquiera un barco naufragante

Se nos escapa el alba corazón.

Afuera un panadero. Sal, harina y sudor.

Dios se viste de andrajos.

Una pringada rubia alcohol. Dolor y risa.

Un chico solitario mea mi puerta.

Es la hora de las brujas y el alba.

Tu amanecida amante te reclama.

Y no pude encontrarte, ni buscarte, ni hallarte, menos aún perderte.

Estoy cansada corazón. Cierra la puerta al irte.

Ten cuidado, no enredarte en el ramaje que sale de mis ojos.

 

*De Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Qué esperaste de la vida

qué quisiste atrapar con la punta de los dedos

luciérnagas levísimas de oro

                 mariposas de suave purpurina

qué esperaste al temblar

                                     de pie

qué ilusión te conmovió los sueños

 

qué deseo de lento frenesí

                                 te recorrió la espalda

En qué esquina giraste

                                 y los perdiste?

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

-Mariana nació en General Belgrano, provincia de Buenos Aires, en 1971. Actualmente vive en City Bell.

Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena, 2014)

Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)

La hija del pescador (La Magdalena, 2016)

Piedras de colores (Proyecto Hybris, 2018)

El orden del agua (GPU Ediciones ,2019)

Madura (Sudestada, 2021)

Quiero sacar la cabeza por la ventanilla de tu coche (Halley Ediciones, 2023)

Patio (elandamio ediciones, 2024)

Poesía reunida (Medusa editores, 2024)

Trinchera (Sudestada, 2025)

Desviadero, (Editorial Mascarón de proa, 2025)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UNA TARDE DE SOL *

 

La tarde soleada que leí en un libro, recién comprado

de oferta, y que abrí por la mitad, ya sentado

en el autobús: “sin simulación ni olvido, no hay

cultura occidental posible”, tenía de fondo

los edificios de la calle Arenales, con sus balcones

floridos, sus veredas y unos pocos transeúntes.

Entonces, no olvido, cerré pensativo el tomo

y me dije: “con esto, por hoy ya tengo suficiente”,

en camino a la estación, y hacia la multitud,

con sus kioscos, sus vendedores ambulantes

y sus mendigos, que sobreviven y murmuran,

y que acaso algo sepan de la historia, que se debe

simular para que siga rodando febril y soberana.

 

 

*De Eduardo Dalter.

-LA REALIDAD ME ESCRIBE.

EDICIONES LA CARTA DE OLIVER. 2026

 

Eduardo Dalter (Buenos Aires 1947). Poeta e investigador cultural.

Durante los años de la dictadura vivió en la ciudad de Maracaibo.

Participó en encuentros como el Ginsberg Tribute, en el Central Park. En

el 25° festival Internacional de Poesía de Medellín.

En el año 2000 tuvo primera edición su trabajo de investigación en la

antología Harlem: los blues de la historia.

Entre 1994-2002 dirigió la revista de poesía Cuaderno Carmín.

Ofreció seminarios acerca de la poesía del continente en la Facultad de

filosofía y Letras de Buenos Aires.

En su obra poética se cuentan: Silbos (1986), N.Y. Postales para enviar

a los amigos (1999), Bocas baldías (2001), Hojas de ruta (2005),

Concierto de los olvidos (2021), Semeruco (2023), y Luces de la orilla

(2025).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El cruce*

 

No hay confines, no hay ecos, no hay sustrato

más que los dos umbrales de la vida

no menos que la savia contenida

en el vasto universo y su mandato.

 

Provoca a la cordura el insensato

buscando esa razón desconocida

con que la inmensidad viene vestida.

Si nada explica nada en lo inmediato

 

lo mismo canta el pájaro en la rama

y los ríos descienden de los montes,

las flores dan color de toda gama

 

y nosotros, absurdos polizontes,

vamos como perdidos en la trama

cruzando los extensos horizontes.

 

 

*De Ana María Broglio.

-A su memoria-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Qué hay en un nombre*

 

*Por Juan Forn

 

El único territorio británico que lograron ocupar los nazis durante la Segunda Guerra fue una isla que está mucho más cerca de Francia que de Inglaterra pero, desde tiempo inmemorial, era un desatendido protectorado inglés. Cuando las tropas de la Luftwaffe desembarcaron en el aeródromo local, se toparon con un paisano que les entregó un papel donde decía: “Esta isla ha sido declarada territorio abierto por el Gobierno de Su Majestad Británica. No hay fuerzas armadas de ninguna especie. El que porta esta carta es nuestro enviado y no habla alemán”.

Fue muy rara la ocupación nazi de la isla de Jersey y su hermanita, la isla de Guernsey. El alto mando alemán entendió rápido la movida de Churchill: había otros lugares de Francia desde donde era más fácil invadir Inglaterra, de manera que las islas quedaron laxamente ocupadas, por no decir ocupadas al pedo, desde 1940 hasta 1944. En la pequeña Guernsey, cuya costa daba a Inglaterra, los nazis instalaron la mano de obra esclava traída del continente para construir fortificaciones antiaéreas y el campo de concentración correspondiente. En la idílica Jersey se acomodó la comandancia y una tropa que cumplía básicamente tareas de policía provinciana. Aunque la presencia nazi era más que visible (dos alemanes por cada isleño), no había Gestapo, y a lo largo de la guerra se registraron novecientos nacimientos de bebés de madre isleña y padre alemán. No se conoce un solo episodio de resistencia armada durante toda la ocupación, pero sí un sonado arresto de dos solteronas francesas que vivían más allá del cementerio, en una casona de piedra frente al mar, que fueron juzgadas y condenadas a muerte por los nazis por sus actividades subversivas.

Durante cuatro años, en los bolsillos, o en el interior de los autos, o incluso dentro de los paquetes de cigarrillos, a los soldados y oficiales nazis les aparecieron papelitos doblados con una leyenda escrita a mano en alemán que decía: “Vamos a perder. El Soldado Sin Nombre”. Aquellas dos francesas eran las responsables. Las encerraron en calabozos separados; las dos trataron de suicidarse, así que terminaron juntas en la pequeña sala de hospital de la isla, con la sentencia de muerte pospuesta hasta que se recuperaran. Pero entonces vino el desembarco aliado en Normandía y la retirada de la isla de los alemanes. Las damas fueron puestas en libertad el último día de la ocupación. Al arrestarlas les habían embargado los bienes, entre ellos una caja llena de retratos fotográficos que encontraron en la casa. Todos los retratos eran de una de ellas, en el reverso de cada copia sólo decía “autorretrato” y la fecha de realización. La modelo aparecía con la cabeza rapada, a veces con el cuerpo pintado de dorado, otras veces calzando guantes de boxeo y camiseta (donde se leía “No me beses, estoy entrenando”), otras veces en posición de loto o hecha un ovillo en los estantes de un ropero, o con los ojos vendados y arrastrando a un gato de una correa. Eran tan hipnóticos esos retratos que el comandante alemán no se atrevió a destruirlos del todo: hizo quemar las copias, pero conservó subyugado los negativos, y así es como se salvó la obra de Claude Cahun, el más perturbador y secreto de los artefactos que dio el surrealismo.

Las dos damas francesas se llamaban Suzanne Malherbe y Lucia Schwob. Lucia era sobrina del gran Marcel Schwob y su historia parece salida de las páginas de esa obra maestra que su tío tituló Vidas imaginarias. Lucia y Suzanne eran hermanastras, se hicieron amantes a los catorce años, cuando las mandaron juntas al Liceo de Nantes. Juntas partieron a París en 1917 y juntas se sumergieron en la bohemia loca, luego de raparse la cabeza y adoptar seudónimos masculinos: Suzanne se bautizó Marcel Moore y Lucia se inclinó por Claude Cahun (que era el apellido de su tío abuelo, el lado más judío de la familia, y el más erudito también: “Llevamos en la frente la marca de Cahun”, escribió el tío Marcel). En la superficie fueron apenas comparsa en el frenesí de aquel período explosivamente creativo: aprendieron el arte del disfraz con la pandilla de teatro experimental Amis des Arts Esotériques, frecuentaban a Adrienne Monnier y a Sylvia Beach en la librería Shakespeare & Co., estuvieron en el nacimiento de la Association des Artistes Révolutionnaires y, cuando André Breton produjo uno de sus típicos cismas, lo siguieron y quedaron del lado de los surrealistas. Incluso hicieron juntas dos libros que combinaban textos y collages fotográficos, pero era ocioso que Suzanne se hubiera puesto seudónimo, porque ya funcionaba como mitad invisible de esa criatura bicéfala que fue Claude Cahun.

Paralelamente a sus actividades públicas, el dúo se dedicó en secreto a hacer esa serie alucinante de autorretratos que, hasta donde se sabe, nunca mostraron en público, salvo camufladas dentro de algún collage en sus dos libros surrealistas. No eran nadie en la escena parisina cuando, en 1937, se instalaron en la isla de Jersey y cortaron todo contacto con París. En aquella casa de piedra con vista al mar, y de espaldas al mundo, siguieron haciendo esas fotos. Digo “siguieron” porque hoy se sabe que todos los autorretratos de Claude Cahun se hicieron con una precaria Kodak de antes de la Primera Guerra, sin disparador a distancia. Suzanne tomaba las fotos en las que aparecía Lucia, Suzanne la ayudaba a maquillarse y a adoptar la posición frente a cámara. Es cierto que eran autorretratos: autorretratos de Claude Cahun. La guerra fue la continuación de su obra por otros medios: se disfrazaban de aldeanos para dejar esos papelitos en los bolsillos o los autos o las oficinas de los alemanes. El día que las soltaron hicieron el último de esos autorretratos: acababan de volver a La Rocquaise, su casa de piedra. Lucia se paró contra el marco de la puerta y miró a cámara, con una insignia nazi entre los dientes. Ya no es la enigmática, desafiante criatura de los anteriores retratos. Tampoco el pulso de la cámara es el mismo. Claude Cahun ya no existe: Lucia y Suzanne se habían convertido en las retraídas solteronas francesas que fueron desde un principio a los ojos de todos los habitantes de la isla.

Nunca volvieron a París. Lucia murió en 1954, en La Rocquaise; salió débil de la cárcel y nunca logró recuperarse. Suzanne la sobrevivió veinte años, pero tampoco se movió de la isla. Siguió haciendo fotos muy de tanto en tanto, de monótonos y desoladores paisajes de playa que parecían siempre la misma foto, hasta que en 1972 se suicidó. Los negativos se descubrieron recién en 1992, en la intendencia de Jersey (que para entonces ya era un paraíso fiscal como las Islas Caimanes). Marcel Schwob escribió una vez que la conciencia de ser no es sino la conciencia de ser distinto, y que la diferencia y la semejanza son puntos de vista. Lucia Schwob y Suzanne Malherbe lo entendieron mejor que nadie y, como el fantasma del Peer Gynt de Ibsen, le hicieron decir a Claude Cahun, la criatura bicéfala nacida de sus entrañas: “¿Quieren saber mi nombre? Me llamo Yo Mismo”.

 

-Publicado: viernes, 16 de agosto de 2013

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-226858-2013-08-16.html

 

- Juan Forn

(Buenos Aires, 5 de noviembre de 1959 - Mar de las Pampas, 20 de junio de 2021)

https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Forn

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Artume *

 

 

Intuir su presencia en una esquina,

percibir la cadencia de su paso,

caminar a su lado sin sorpresa,

reanudar conversaciones inconclusas

y despedirse luego en un semáforo

o junto al cauce virgen de un torrente

o en el andén de una estación sin nadie.

 

Escuchar, sin comprender, su vuelo leve,

acostumbrarse al blues de sus pisadas,

someterse al dictado de su verbo,

aclimatarse al frío de su risa.

 

Una noche vendrá; lo ha prometido.

No sé si a liberarme de este yugo

o a imponerme otro yugo diferente,

pero ¿acaso importan ya

                                     las condiciones?

 

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

-De Por si mañana no amanece. Poemas de Sergio Borao Llop

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ROMANCE AUSENTE*

 

María espera en la tarde

con sus zapatos de ausencia.

Llenos los dedos de frío...

y los ojos de tristeza.

El río viene subiendo

con remolinos de lenguas,

amarrando camalotes

en las destruidas riberas.

Arrimadita a su perro,

de pura estirpe costera,

María enhebra crecientes

en la inquietud de sus venas.

Urdiendo adioses de sauces

con ovillos de paciencia,

la barca acuna intemperies

en el vientre de madera.

Vestidita de domingo,

enciende sueños de arena

mientras escucha, en silencio,

la plegaria de las hierbas.

Llenos los dedos de frío

y los ojos de tristeza,

María espera, en la tarde,

con sus zapatos de ausencia.

 

*De NORMA SEGADES-MANIAS.

-A SU MEMORIA-

 

Palabras de Miriam Cairo

Pensar a Norma es ver su sonrisa perenne, abierta, la sonrisa hospitalaria de una mujer que levantó la bandera de la Poesía como forma de vida y de resistencia, atenta siempre a los males del mundo, a todo cuanto hiere y erosiona la dignidad humana. Su labor poética la trasciende, sus libros enriquecen la biblioteca. Como una forma de felicidad y de consuelo, revisitar su poesía será nuestra manera de traerla al presente, de sentirla entre nosotros. En su rol de gestora cultural la conocí hace más de veinte años cuando generosamente publicaba mis cuentos y poemas en la Gaceta Literaria de Santa Fe, revista pionera fundada por Luis de Filippo que salía en papel y que ella editaba junto a otros escritores.

Pensar en Norma es volver a oír el murmullo de los inolvidables momentos vividos en su compañía y en la de muchas queridas amigas poetas bajo la marca de la poesía como aglutinante, a partir de mi llegada al Movimiento Internacional de Escritoras Los Puños de la Paloma, sensible palomar poético, a través de los encuentros anuales que ella organizaba con precisión de relojería en cada detalle. Encuentros que nunca se detuvieron, que no se detendrán porque son alimento, porque nadie se salva solo y re-encontrarse afianza lazos, crea comunidad y hace más habitable el mundo. Por todas esas razones, y a la memoria de su mentora, impulsadas por un legado que esgrime como premisa el ejercicio de la palabra solidaria, Los Puños de la Paloma seguirá rodando su camino. La siembra nunca se pierde, florece. ¡Gracias Norma, por tanto!!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nada, nadie *

 

Algún día no quedará ni un solo ser humano

sobre la tierra.

                        Estará el planeta y en él las huellas

dejadas por la humanidad.

                                           No habrá tampoco

un poeta para explicar lo sucedido y la ausencia.

Ningún antropólogo extraterrestre podrá sacar

más que unas pocas conclusiones equívocas.

Qué serio investigador podrá deducir la idea

insostenible de que los actos de una especie

extinguida merecían un cielo o un infierno.

Sin un cantor y su narración de la tragedia

que explique en cantos exactos el germen

absurdo y fatal de cualquier exterminio.

Sólo la poesía podría explicar que la grandeza

y la miseria son las caras de una misma moneda.

que vuela en el aire siempre indecisa al caer.

Quién mentirá como Homero que el único

pecado de Troya fue robarse una mujer.

 

*De Horacio Martín Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

-Horacio nació en Llavallol, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana Díaz Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en cuento, poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y Chile. Es autor de los libros de cuentos Palabras de piedra (Baobab, 1999), Media baja (Dunken, 2012) y La insistencia de la desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error. En el 2024 publicó su libro de cuentos La oscuridad de los hechos. -Editorial Esa luna tiene agua.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Acomodando las pupilas*

 

 

Era época de estar siendo demasiado feliz, y eso es imperdonable.

A la mañana temprano andaba una pareja de cardenales revoloteando sobre el paredón del frente, aparecieron los primeros azahares en el limonero, el bizcochuelo de chocolate salió plano por arriba en vez de tomar forma de montaña o de hundirse lastimosamente en el centro. Los dolores de los huesos y otros achaques de la edad le eran casi imperceptibles, un sol espléndido prometía días de primavera y aromas de ligustro terso.

La señora ya había desayunado, terminó de hacer las compras, y ahora volvía arrastrando su changuito del supermercado chino, con una sonrisa imperceptible pero firme plantada en los labios. Saludaba a la gente adulta que cruzaba en su camino, conocida o desconocida, tal como se acostumbra en la costa y la mayoría de los pueblos. El Negritus salió de la pollería caracoleando y moviendo frenéticamente la colita, saltó dos o tres veces buscando la caricia en las orejas y después de seguirla unos pasos, volvió a echarse entre los otros perros que adornaban la entrada del negocio.

La señora en ese momento aprobaba la creación y a sus creaturas, abarcando su porción de mundo con una mirada amorosa. El aire era suave, una única nube blanquísima servía para subrayar el intenso color celeste del cielo. Era feliz, con la felicidad plena que da estar dentro de una burbuja luminosa, placentera y dulcemente, sin el desgarro de esas felicidades rabiosas de un único suceso dichoso, que se terminan asemejando al dolor.

Fácil, simple, sin nudos, una carretera perfectamente recta. Este era un día que no sólo se justificaba a sí mismo, sino que borraba la posibilidad y hasta el recuerdo de la mala fortuna.

En la puerta de una de las casitas pobres cercanas a la ruta, un señor tomaba mate sentado en una silla descoyuntada. Una de las patas estaba reforzada con una madera de otro color, el asiento lucía un almohadón floreado que atenuaba la rigidez de la tabla.

La señora envolvió beatíficamente el universo todo con la sonrisa ensanchada y muchos pliegues que le enmarcaron el rostro. Saludando afablemente, se interesó por la salud de la esposa. Ahí está, le dijo el hombre, en la lucha. Y la invitó a pasar un ratito a ver a la enferma.

No, gracias, el día es adorable, los angelitos revolotean en las copas de los árboles, no quiero arruinar esta espléndida mañana con dolores y sufrimientos que no me pertenecen. Es un día unívocamente perfecto, Don Roberto, no es cosa de mancharlo con abismos, hoces brillantes y asomo de calaveras.

Sintió que caminaba por una cinta despejada, y este hombre la obligaba a internarse en el bosque oscuro donde moran las bestias sin nombre.

Pero estacionó el changuito al lado de la silla destartalada, y, sin una señal que la delatase, sin una milimétrica modificación en la sonrisa, golpeó las manos y entró a la casa gritando “Hola, ¿Se puede?”

Deslumbrada por el cambio de luz, al pasar del sol a la penumbra al principio no vio nada, pero el olor a enfermedad le superpuso cien camas, cien rostros, cien salas de hospital y mil habitaciones del desamparo.

La enferma estaba pequeña. Es notable cómo los enfermos empequeñecen, se encogen, tienden a ocultarse dentro de sí mismos, como si la muerte viniese a buscarlos desde afuera, siendo que en realidad los está habitando por adentro, los va corroyendo y les come las vísceras.

Hubo que mentir alegría, contar nimiedades, llenar el silencio con sombras de manos en la pared.

A la mujer se le veía la muerte espiando por las pupilas. Y a lo mejor se salva, se dijo la señora, pero sea o no sea, ahora la habita la oscuridad.

Un rosario de madera en la pared, un ramito de laurel del miércoles de ceniza, los santitos en la mesa de luz, el vaso de agua, las cajitas de remedios. Esa cómoda que da ganas de llorar a lágrima tendida, los vestidos en el ropero que no cierra, las chinelas sucias ridículamente chuecas, todas las cosas donde lo gracioso se echó a perder y se volvió patético.

La señora que estaba henchida de luz se fue apagando, la voz se le asordinó, se sintió vieja, muy vieja, muy cansada. Quién va a estar cuando sea mi muerte. Quién me va a alcanzar la toallita húmeda, el perfume para espantar a los espectros, quién va a prender la salamandra para que no vengan a comerme los perros de la noche. Quién va a rezar por mí, que no creo, para que San Pedro abra el portón dorado.

Le relató a la mujer cómo había visto la pareja de cardenales, del Negritus que tiene una garrapata en el cuello, de cosas que a la enferma no le podían interesar en absoluto. Pero estuvo como una hora, le acortó la espera del mediodía, le dio la esperanza de que aún la gente de afuera de ese cuarto la recordaba, la aguardaba para retomar la vida interrumpida.

Cuando la señora salió de nuevo al sol sintió que emergía de una caverna o de una tumba. Todo seguía ahí. El cielo pleno, las hojas turgentes de las plantas, el olor de la arena recalentada, los arrullos constantes de las palomas torcazas. El universo seguía siendo maravilloso.

Me tuve que topar con el mundo real, qué macana, se dijo la señora que ya no sonreía. Todavía llevaba en la mano la sensación reseca y gélida de los dedos de la enferma, en la mejilla el beso de la enferma con un tenue resto de colonia.

Me tuve que encontrar con el mundo real, se dijo, mientras un par de chicos pasaron pedaleando y hablando de bicicleta a bicicleta, un chucho quedaba inmóvil en el gesto de rascarse la oreja, indeciso de ir a saludar a otro perro que se acercaba o solucionar el problema de la comezón.

El sol estaba ya casi en el cenit, las sombras se afirmaban debajo de los objetos, los pollos asados en la rotisería crujían y enviaban un reclamo apetitoso, tiñendo el aire de especias. En el vivero, los arbustos crecían, las flores se ofrecían olvidadas de todo pudor. A través de la reja de una quinta, se podía ver a un muchacho regando que puso el dedo en la boca de la manguera para lograr el efecto de la lluvia, y luego de una corta búsqueda, logró que se formase un arcoíris sobre su cabeza.

Y me tuve que topar con el mundo real, se dijo la señora.

Detenida en la puerta de su reja, buscando las llaves en la cartera cruzada en banderola, la señora se miró las manos, tomó uno de los barrotes negros como apoyo, miró el pasto verde y dijo en voz alta “éste también es el mundo real”.

Otra vez sonreía, pese a seguir viendo, superpuesto a todo, el rostro de la enferma que seguía en su lecho esperando que finalizara el día, la enferma tangible y cercana, con sus dolores, con la muerte agazapada en la esquina más húmeda de la pieza.

Éste también, éste también es el mundo real.

Mientras guardaba cada cosa en su lugar, la señora tarareaba una canción y bailoteaba un poco.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Pienso en esos momentos del amor donde empiezan a haber silencios en los diálogos. Llegan un día y uno ya sabe que la pasión ha terminado. Son silencios especiales: no silencios de bienestar. Uno capta que cada uno se ha encerrado en su mundo y no hay retorno. Después vuelven las palabras, pero ya no es lo mismo. Un bosque se ha instalado entre dos personas y la mata empieza a crecer desmedidamente, hasta que las caras se dejan de ver: es entonces, el abandono.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

-De julio a noviembre 2026 Haré seminarios de lectura de la cuentística de Juan Carlos Onetti y Augusto Roa Bastos. Los grupos son los miércoles de 13 a 14:30 hora argentina o bien los sábados de 11 a 12:30 hora argentina. Los cursos son virtuales por google meet.

-Inscribirse escribiendo a lidimienator@gmail.com

 

 

 

 


 

Inventren

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La buena compañía*

 

Francisco se despertó a las cuatro de la mañana con una certeza angustiante: hacía días que no hablaba con nadie.

No estaba seguro si tres o cuatro, pero eran demasiados.

No se trataba de que hubiese enmudecido, sino de que no había tenido una conversación de más de 20 palabras con nadie.

En la oscuridad, acostado en su cama, empezó a reconocer que hacía meses que escuchaba su voz más tiempo dentro de sus sueños, cuando estaba dormido, que en la realidad.

Intercambiaba saludos con sus vecinos, le preguntaba algo a alguno de sus hijos, pero no eran más de quince palabras en todo el día.

Opiniones, preguntas, reflexiones, quedaban atrapadas dentro de su cabeza. Francisco pensaba en su cerebro como en una caja oscura, llena de cosas que a veces salían por su boca y se transformaban en el exterior, pero ya hacía mucho tiempo que estaban atrapadas, y eso había provocado que ya no se sintiera del todo seguro de lo que ocurría alrededor suyo. No se atrevía a preguntar algo que no había logrado entender, alguna cosa que no conocía, un procedimiento que necesitara algún conocimiento de tecnología, para no molestar. Para no escuchar el suspiro de fastidio de un familiar, que terminaba haciéndolo él en lugar de enseñárselo.

El intercambio de ideas en una charla, con otros, le ayudaba a ubicarse dentro de este mundo que ya no reconocía. Ahora, nadie contestaba a las cuestiones que estaban en su mente, y él no estaba seguro de estar en lo cierto o tener una impresión engañosa de lo que pasaba.

Antes de jubilarse, su trabajo lo mantenía en contacto con muchas personas, con las que, según la afinidad, intercambiaba frases o discutía puntos de vista, narraba anécdotas, compartía chistes.

Pero ya habían pasado años de su jubilación y después de la muerte de su esposa, las palabras empezaron a ser cada vez más escazas y así como su vida se fue limitando a unas pocas cuadras dentro de su ciudad, sus pensamientos y opiniones quedaron recluidos dentro de su mente.

Y se dio cuenta de que eso no era bueno.

Sus hijos casi ni le hablaban. Si les preguntaba algo, le respondían con educación, pero sin extenderse demasiado. En los negocios del barrio pasaba lo mismo: un saludo, unas breves palabras sobre el clima y si alguien trataba de extender la conversación, el comerciante le hacía saber que había gente esperando.

Nadie tenía tiempo. A nadie le importaba lo que pensara, aún si esto les favorecería.

Tuvo una visión desgarradora: su padre sentado en un sillón del living de la vieja casa, mirando hacia afuera por la ventana. Sus familiares le prestaban más atención al perchero que a él. Así se fue…apagando. Si, esa era la expresión: apagarse. Perder la luz, la chispa de la vida, el entusiasmo.

Temió tener el mismo fin. Entonces se propuso hacer algo.

Se levantó a las 7, se vistió con la mejor ropa que tenía y se puso su abrigo de paño negro.

Si no hubiese sido ya una respetable persona conocida en el lugar donde vivía, su atuendo y su andar hubiesen dado esa impresión. Aunque no olvidaba las palabras de su madre: “El respeto no lo da la ropa, sino la mirada”.

Había sido un empleado honesto, responsable, un buen padre. Pero ya nadie escuchaba su voz. Él mismo tenía dudas de cómo sonaba.

Salió a la calle y empezó a caminar. Los rayos del sol se hicieron más fuertes y la gente comenzó a aparecer: algunos iban presurosos a hacer compras, los padres acompañaban a sus hijos a la escuela, algunas mujeres salían a barrer la vereda.

¿Con quién hablar? ¿Quién le regalaría un poco de su tiempo para escucharlo?

Llegó hasta el lugar al que más le gustaba ir cuando era chico: la estación de tren. Desde décadas atrás, el único tren que pasaba con pasajeros lo hacía a las 10 de la mañana. Había otro que regresaba a la noche pero muy tarde y él solamente lo oía a veces, en el verano, desde el patio de su casa.

Estaba por llegar el tren y había bastante movimiento en el andén. Personas que esperaban la oportunidad de hacer una changa: conductores de taxis, chicos que llevaban valijas, hasta algunos que lustraban zapatos.

No eran muchos los pasajeros que bajaban o subían allí, El tren ya no era el medio más rápido ni el que tenía mayor frecuencia de horarios, pero muchos lo seguían eligiendo. Era lo único que había quedado de otra época, en la cual representaba la mejor opción para llegar a la Capital...

Francisco no conocía a ninguna de las personas que estaban en el andén. Algunos eran demasiado jóvenes, otros no eran del lugar.

Con un andar lento y cuidadoso caminó por todo el andén y se dio cuenta de lo abandonado que estaba, tan diferente a la época en que su padre y él llegaban con curiosidad para ver la diaria maravilla de ese gigante de hierro que paraba sólo unos minutos para volver a irse con estrépito y rapidez.

Buscando algún posible interlocutor, se acercó hasta la única persona que no parecía tener prisa. Un hombre que tendría más o menos su edad, sentado junto a una mesita con revistas. Un vendedor. Ya poca gente compraba revistas o periódicos para leer en el viaje.  La mayoría prefería el teléfono móvil. Pero debía haber un público fiel a esta   literatura, porque de otro modo el señor del puesto no estaría allí, con semejante frío, esperando clientes.

Se acercó a ver las publicaciones- Algunas tenían en sus tapas fotos de personas que no conocía, o estaban escritas en inglés. “Vivo en otro mundo”, pensó Francisco.

El señor del puesto pareció adivinar lo que pensaba y le sonrió.

“Puede mirar alguna, si quiere”

La amabilidad del desconocido lo animó. Revisó varias revistas y preguntó sobre ellas. El hombre respondió sus dudas y hasta le recomendó una. A lo lejos, ya se escuchaba la inconfundible sirena del tren.

Francisco pagó y se fue. Se propuso leer la revista lo antes posible, para tener tema de conversación con el vendedor, que lo había tratado como a un ser humano. Unos días después volvió y charló nuevamente con él. El hombre parecía saber mucho de muchas cosas, tal vez porque leería las revistas mientras esperaba a los clientes. Así comenzó una rutina que acercaba a los dos hombres en una animada conversación.

Un día el señor del puesto lo esperó con un banquito similar al suyo, y lo invitó a sentarse. Charlaron mucho y en un momento Francisco le compartió un duro pensamiento: ya eran viejos y no tenían lugar en esta sociedad, que ponderaba a jóvenes exitosos.

Jorge (así se llamaba el vendedor de revistas), le sonrió y le contestó:

_El tren es más viejo que nosotros dos y sin embargo muchos lo prefieren antes que a los rápidos transportes modernos. Él sigue haciendo su trabajo con energía y precisión. ¿Por qué nosotros no?

Francisco se quedó pensando en estas palabras. Jorge parecía ser una persona muy instruida y siempre estaba de buen humor. ¿Cómo podía? Necesitaba ir todos los días al andén a vender las publicaciones de otros, tenía que seguir trabajando a pesar de su edad. La pila de revistas (y algún que otro libro) no bajaba muy rápidamente. Francisco notaba que el hombre vendía poco.

Una mañana de invierno se despertó y descubrió que caía una fina llovizna y hacía bastante frío. Su pensamiento lo llevó a Jorge. En ese andén, sin mucho reparo, debería estar congelándose.

Entonces llenó un termo de café caliente y alzó dos jarros de su cocina y con su viejo gran paraguas negro (de esos que no se dan vuelta con el viento), salió a la calle y se fue a la estación. Casi no había gente. Jorge estaba como siempre, sentado junto a sus revistas, y su cara se iluminó cuando lo vio llegar.

Francisco sacó el café y lo sirvió y se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que nadie tenía esa expresión de alegría en su rostro cuando él aparecía.

Llegó el tren, con su imponente brío. El viento y el estrépito sacudieron las mejillas de los dos hombres, que se calentaban las manos con las tazas de café. Sólo una persona bajó y rápidamente, se subió al auto de alguien que lo esperaba en la calle.

Francisco se apiadó de su amigo. Un día horrible y no había vendido nada. Pero Jorge no parecía triste. Fue metiendo sus cosas en el bolso, guardó la mesita y los dos banquitos detrás de la boletería y se paró en la puerta de la estación.

En ese momento, Francisco (al que no le gustaba meterse en la intimidad de los otros), venció su timidez y le ofreció acompañarlo a su casa. Los dos entraban bajo el viejo paraguas negro.

Despacio, sin atender mucho a la lluvia, fueron caminando por las calles húmedas. A las pocas cuadras, Jorge dobló y se dirigió a una hermosa casa, de esas que llaman la atención de cualquiera, y, sacando sus llaves, abrió la puerta. Ante la expresión sorprendida de Francisco, lo invitó a pasar y a arrimarse junto al fuego de su chimenea.

Jorge se sentó frente a él y le contó su historia.

De niño había ayudado a su madre con el puesto de revistas. Poco a poco, los pasajeros del tren lo fueron reconociendo y su negocio prosperó rápidamente. Era simpático y sabía un poco de todo. Mientras esperaba la llegada del tren leía todo tipo de revistas: noticias, medicina, técnicas. Le interesaba saber. Terminó su escuela y comenzó a hacer cursos nocturnos. En ese entonces ya su posición económica estaba bastante consolidada.

Uno de los cursos lo habilitó para arreglar electrodomésticos y siguió con esa tarea hasta que sus hijos crecieron. Su mujer era maestra y poco a poco fueron construyendo la casa y la familia. Los hijos lo convencieron para que deje el puesto de revistas, que le quitaba tiempo y energía.

Jorge parecía haber concretado todos sus sueños.

Pero a medida que sus hijos crecían, se iban alejando del pueblo. Todos fueron a la universidad y se convirtieron en profesionales y se fueron a lugares en donde era reconocido su estudio y esfuerzo. Su mujer pasaba temporadas enteras en la casa de una de sus hijas, en otro país.  Jorge se fue quedando solo.

Tenía una casa magnífica, podía pasar el resto de su vida dedicándose a leer, o a ver televisión. Pero algo le hacía sentir una profunda tristeza y no sabía qué era.

Empezó a preguntarse qué cosa le faltaba, qué añoraba.

Y era eso: el puesto de revistas. El tren. La emoción de ver llegar la locomotora, la magia de adivinar quién bajaría, si eran adultos o niños, algún conocido o una mujer hermosa. Esos minutos en los que el piso temblaba, el viento le desordenaba el cabello, el ruido lo aturdía.

Todas las mañanas, Jorge se sentía vivo. Cuando era chico, esperaba esperanzado el tren porque necesitaba vender sus revistas.

Ahora ya no necesitaba nada. Sólo disfrutar la llegada del tren, todos los días.

Francisco se quedó callado y le sonrió. Se avergonzó por haber pensado que su amigo estaba en una triste situación.

Pero Jorge le explicó cuánto valoraba su amistad, porque sin saber quién era, se había acercado a él sin otro interés más que el de compartir una charla. “La buena compañía -había dicho Jorge- es lo que nos ayuda a continuar la vida”.

La lluvia había parado y Francisco decidió regresar a su casa. Jorge le agradeció su ayuda y lo despidió con un:

_ ¡Nos vemos mañana en el andén!

Francisco sonrió, salió a la calle y empezó a caminar hacia su casa.

Cerró el paraguas porque el sol comenzaba a abrirse paso en el cielo gris.

 

*De Cecilia Zanelli. ceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar

Santo Tomé. Santa Fe

 

 

 

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