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EN LA OTRA ORILLA DE LAS COSAS...



*Ilustración: Ray Respall Rojas
tgrafica@cubarte.cult.cu
-Indicar "Para Ray", en el asunto del correo.





No era difícil que se encontraran en algún momento del viaje. Por cierto que no cualquiera viaja en un tren conducido y administrado por indios resurrectos. Después de Inocencio Sosa, Manuel Puig y Macedonio Fernández se encontraron cara a cara en ese vagón de clase única con asientos de varillas
de madera. Cómo y cuando la gente logra conversar con otros en un tren, salir de la mismidad que desata el viaje. Sentarse uno enfrente del otro y hablar es un misterio imposible de develar como tantas otras cosas en la estrecha conciencia de un relato. Pero allí estaban, él, un Macedonio viejo con el
pelo lloviendo sobre su rostro. Y Manuel un veinteañero con esa singular mirada de interrogar mundos que lo hacía buen candidato para actor de cine.
Sin embargo parecían haber vivido en demasía, más de lo que dicen sus imágenes congeladas en quietud relativa de interior de tren, donde el movimiento se ve afuera... de poste en poste, de árbol a fronda que se ven llegar y luego hacerse chiquitos hasta desaparecer de la vista. No hay equipajes, apenas una carta abierta en la mano derecha de Macedonio y una foto que Manuel extrae de su saco azul colgado del perchero metálico color bronce como el portaequipaje que se extiende sin interrupciones de bolsos ni
equipajes hasta el final del vagón. La foto tiene tamaño de hoja carta, doblada al medio justo en la nariz de Carlos Cores que baila con la mano izquierda levantada y tiene la mirada puesta en algún lugar del cuello de Silvana Roth que con cara de feliz cumpleaños esta viendo algún lugar lejano fuera del foco.
-El más alto y guapo es mi amigo del alma Mario Fenelli, su madre me regalo esta foto, fue una sorpresa en su mesa de aquel jueves... fijate le agregas una "a" a mi nombre y tenés el nombre de la madre de Mario.
Apenas una "a" es la sutil diferencia de hombre a mujer.
-Esta foto permite imaginar toda una novela de solo leer sus rostros, veo que a tu amigo no le consiguieron una mujer que este a su altura.
Es el rostro con el que lo conocí en la escuela, Dios los cría y ellos se juntan decían, siempre nos escapábamos juntos para ir al cine, queríamos ser directores de cine, él logro ser guionista de cine en Roma. creo que allí vive aun...
Macedonio le muestra la carta, solo tiene el código postal de la localidad (6341) y el sello de la estafeta donde alguna vez partió hasta llegar a sus manos, el sello tiene fecha: 17 de junio de 1943.
Es fecha del estreno de la película donde Mario trabajó de extra...!!!
-La vida esta llena de coincidencias, causalidades y ajenidades , -le responde Macedonio.
-Que dice la carta?
Relata devastación, calamidades, cosas que nunca pasaran y terminan ocurriendo, solo da un nombre. "Llegará del cielo Sehtrad, y todo terminará ".
-Suena a profecía con algún condimento de delirio místico...
-Ya lo dijo Freud, solo tenemos que aprender a descifrar, a traducir el lenguaje y los relatos de las religiones para encontrar el sendero por el que se expresa el malestar en la cultura humana.
-Por eso yo prefiero pensar desde la resaca que deja el mar en sus orillas: las maderas errantes, los pedazos de redes que perdieron los pescadores, esos forros llenos de esperma que nunca fecundaran a una criatura. Ver cangrejos lastimados que no podrán volver a su hogar bajo las piedras. Eso, es la verdad de las cosas, la que se puede leer en esas orillas, después de la marea alta de las religiones, o la furia de las revoluciones, después quedan pedacitos, restos sin voz y la gente estallada bien adentro aunque se vean en una sola pieza y caminando. Y uno solo puede intentar reconstruir esas historias
imposibles, inventándolas como en una novela.

-Lee la frase final de este pedazo de carta, luego el papel esta roto a mano y solo se puede seguir en la imaginación: "No volverás a lo perdido, -tu corazón no sanara en esta tierra donde nunca cierran las grietas-".

Es tremendo, parece una frase a medida para el fin de mi infancia en el 43 -dice Manuel. Hace años que quisiera retornar al menos una vez a Villegas y siempre tropiezo con algo o alguien que me permite desviarme, escapar a otra historia, quizá no llegar a ninguna parte... quiero acompañarte a ver de que
se trata...

El cacique Manuel Namuncura entra al vagón avisando que la próxima es Francisco Magnano, trata de imitar lo mejor posible a un guarda tradicional de los Ferrocarriles Argentinos, nadie más que Macedonio y Manuel se acercan a la puerta y bajan minutos después en medio de una tormenta de tierra.

-Con este viento es lógico que nadie quiera llegar a este pueblo...
El anden esta desierto, o casi, al final se ve la solitaria figura del jefe de estación con la mano derecha aferrada a la cuerda que hará golpear al badajo contra las paredes de esa campana de bronce en un momento más.
Una pintada setentista, a brocha con color rojo es lo único para ver arriba de los bancos de madera en una pared deteriorada que alguna vez fue pintada de color café.

¡Fuera Sehtrad. sos el único culpable!

Este lugar, -dice Macedonio, más que una estación es un portal a lo inaudito... mejor preguntemos al Jefe de estación donde queda la oficina de correo, quizá allí sepan darme alguna pista del autor (a) de esta carta. Lo extraño es que el tren se fue y el hombre sigue con su brazo en alto y su
mano derecha cerrada en la cuerda de la campana.

-Mientras sea monje tocaré la campana, decía mi padre que no creía en ninguna sagrada vocación.

Al acercarse, se ven volar un par de tordos negros desde la espalda del jefe de estación.

-Buen día amigos, hace años que nadie bajaba en esta estación...

-Buen día Hombre, me llamo Macedonio Fernández y el joven es Manuel Puig, quería hacerle una pregunta pero al verlo me ha surgido una antes y más urgente...
-diga nomás -dice el jefe-
Podría contarme desde cuando el avance de la técnica ha permitido que un espantapájaros sea Jefe de Estación, -cosa por demás honrosa habida cuenta de la clase de humanos que habitualmente malogran cualquier función y cargo con su proverbial deshonestidad-

Amigos, aprecio su frontalidad, pero yo no soy el Jefe de Estación sino su Espantapájaros, hace ya muchos años, el vino a verme a la quinta donde yo le cuidaba acelga y tomates, el hombre estaba apesadumbrado, me hablo varias horas, me dijo que se venían horas difíciles para el ferrocarril, el
gobierno del presidente Frondizi había decidido obedecer al Fondo Monetario Internacional y siguiendo un plan de un norteamericano de apellido ...¿ Larkin ?, si ese es, bueno por consejo de ese hombre cerrar este ramal...
Y que pasó con él...
-El Jefe, Don Ramiro Lenton, dijo que el no iba a esperar desde su puesto ver morir al ferrocarril y más adelante al pueblo que se formo a cada lado de la vía, así que un día me ubico aquí debajo de la campana me explico lo elemental sobre mi desempeño -solo tenés que tocar la campana a los tres o
cuatro minutos de la llegada del tren, me dijo- aunque de hecho este es el primer tren que llega desde el año 1961. Me vistió con su uniforme de lujo, se subió a su Renault Gordini casi O km y se fue cantando en el idioma del norte una canción que terminaba en I Wondeeeerr...

Y a donde fue el hombre? pregunta Manuel.
Me dijo que quería conocer el mar, un amigo le hablo maravillas de las playas de Quequén, me dijo que viviría en un lugar entre el faro y la playa, pescando y cantando todo el santo día.

-Extraordinario, dice Macedonio, es el estilo de vida que lleve por años, pero a mi no me gusta el mar, me genera una infinita tristeza.

Así fue pasando el tiempo, y ahora solo tengo por compañía el canto de un casal de Tordos que han echado nido en mi espalda, un lugar calido que recibe sol todas las tardes.

Ud., sabe donde queda la oficina postal?

Es aquí nomás, sale por la entrada de la estación, tomá por la calle principal del pueblo y esta en la primer esquina, en diagonal con al almacén de ramos generales de Agulla & Vanzetti.

Se despiden, Manuel observa como el Espantapájaros derrama una lágrima , quizá la única que tenía reservada para el reencuentro que no fue.

-Creo que es más gente que la gente de verdad... dice Manuel.
-Muy cierto, aunque temo que estemos entrando en una zona de fábulas del tipo "The Wizard of the Oz", donde los sueños se fusionan en el día.

El joven Manuel y Macedonio, se van por la calle principal del pueblo, aunque este lugar es algo así como un pueblo fantasma de vaqueros, con los trotamundos corriendo entre la polvareda de calles, y postigos que golpean una y otra vez contra el marco de las ventanas.

Creo que esta película ya la vi en mis años mozos, dice Macedonio, es La Diligencia de 1939 con John Wayne y Claire Trevor.
-Esto es más dramático, dice Manuel, fíjate los techos volados de las casas, paredes derrumbadas, aquí pasó un terremoto o alguna catástrofe, quizá una guerra borro a esta gente del campo de la vida.
Es más bien como asistir a las ruinas de la propia vida, pero viendo... afuera, en una estenografía de calles y casas con paredes de ladrillo y barro.

Mira, otra vez la misma pintada... "Maldito Nacaruh Sehtrad". Ese debe ser el villano que mato al sheriff, luego la gente abandono el lugar para olvidar ese hecho maldito...

-Me parece que nosotros dos vimos muchas películas y leímos demasiados libros, -dice Macedonio.

No costo demasiado llegar a la estafeta del correo, o al menos a lo que quedaba de ella, el techo de bovedilla se había derrumbado, y las antiguas cortinas de chapa de la entrada en ochava parecían una enorme lata abollada, imposible entrar, por arriba de las paredes que quedaron en pie se aprecia
el verde de pastos y ramas crecidas entre los ladrillos.

-Mejor vamos al almacén, quizá quede alguna antigua botella de vino tinto para borrar tanta amargura.
-dice Macedonio.

El lugar conserva todavía algunos vidrios, pero la puerta parece haber sido arrancada de cuajo, con marco y todo, las inscripciones en los vidrios parecen del otro mundo: "satunim", "sogart sogral",
"sadibeb secamla". El lugar esta bastante original y hasta hay un sifón de soda en la barra y una botella de Fernet Gancia con un contenido suficiente para llenar un par de vasos.

Manuel, encontró enseguida el dato grabado a cuchillo en la mesada de madera "la carta que Usted Busca esta debajo de la caja registradora".

La carta, escrita con la misma letra arranca en la frase final destrozada que leyó en voz alta Macedonio en el tren "No volverás a lo perdido, -tu corazón no sanara en esta tierra donde nunca cierran las grietas", y continua...


"He jurado irme y olvidarte, soy el último habitante de Francisco Magnano y ya me voy, pero quiero que quien llegue con la carta en mano que he enviado desde un tiempo indefinido sepa algo de este final
previsible. Pasaron todas las calamidades posibles. Primero fue el cierre del ferrocarril, allí se fueron las familias de los ferroviarios, un poco antes de fugo nuestro jefe de estación con rumbo desconocido. Más tarde alternaron sequías e inundaciones, hasta que finalmente los campos quedaron inundados y hoy solo sirven para pescar Hoplias Malabarius o cazar patos.
Unos años antes, -me olvido de lo fundamental- instalaron una repetidora de televisión en Trenque Lauquen y a partir de allí la gente empezó a encerrarse en sus casas, las mujeres a la hora de la siesta veían novelas y los hombres a la noche se reunían a ver los programas de Tinelli. Sin trabajo y con televisión la vida del pueblo fue cambiando paulatinamente, la gente seguía partiendo, en especial los jóvenes. Los viejos se morían y con ellos su saber ante la subsistencia. El año pasado mi mujer y yo éramos los últimos habitantes del pueblo, pero ella ya no hablaba de nada, la tristeza del pueblo la llevo a encerrarse con las novelas que le iban llegando, y fueron años de novelas y soledad: Antonella, Sodero de mi vida, Poliladro, La Elegida, Franco Buenaventura, Gasoleros, Luna Salvaje, Soy Gitano, y ahora Culpable de este amor....
Hace unos meses se rompió el televisor y mi mujer quedo de pronto con las pupilas muertas, más inerte que el Espantapájaros que ocupa el lugar del Jefe de Estación. Así que fue que un día, al retornar del trabajo me encontré con una carta de Rita "Hace mucho que sueño con Juan Darthes ahora partiré a buscarlo. Perdóname".
Todavía me parece verla irse con una pequeña valija de mano, caminando varios kilómetros hasta la ruta y de allí a dedo hasta el primer pueblo, luego no puedo imaginar más. Disculpen usted que ha venido hasta esta lejanía buscando el final de una carta y se encuentra con esta historia intrascendente.

Sinceramente suyo,
Javier Ortiz.

Pd: Ah..., me olvidaba de contarles que están en la otra orilla de las cosas por lo que cuando lean "Nacaruh Sehtrad", sepan que quiere decir "Huracán Darthes".



*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

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