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EDICIÓN ENERO 2026

 


*Foto de Eduardo Francisco Coiro. @educoiro








El viajero*

 

Por suaves que sean las noches en el espacio,

viendo la esfera celeste que es nuestra casa,

tranquiliza y a la vez da pánico mirarla, así,

desde esta distancia. 

                                  En esta soledad sin dioses

se piensa en el milagro de su color que nos dice

que el fuego la mostraría roja y el hielo blanca.

Vemos sus lentos giros, la luz turnarse alrededor

de sus predecibles caras.                                                   

                                         Sin embargo, verla

es el miedo a no regresar, y al fin, el regreso,

es a la tumba de los ancestros, el universo

no es el mundo, el mundo no es una casa.

Desde esa distancia no existe una voz para

nombrarla, no tiene nombre unánime ni un

lenguaje preciso, se diluye en el asombro

el sentido de las palabras.

                                          Se oye el silencio,

y el vital y cansado andar de las máquinas:

motores, compresores, bombas de vacío,

cableados, circuitos de combustible,

de luz, de aire, de agua.

                                       La deriva ingrávida de la

materia es una tortura en esta sustancia irrespirable

que, alguna vez, como el mar, nos dio la vida,

acunó y alimentó; pero ya no nos reconoce,

nos ahoga, nos extermina, y nos rechaza.

Qué somos en medio de la nada, el resultado

de teorías optimistas, cálculos matemáticos,

industria, temeridad, y una gran dosis de azar.

Los mejores latidos de una vida, el momento

culminante de un sueño, y cierta nostalgia

de una tumba que aún espera cerrada.

 

*De Horacio Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La experiencia humana conquistada*

 

‘La era del capitalismo de la vigilancia’, de Shoshana Zuboff, es una herramienta central para entender el régimen que regula nuestras vidas

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

En años recientes se nos ha advertido del peligro que corre la democracia por el avance de los gobiernos autoritarios en todo el mundo. La derecha liberal –que gozó de cierta credibilidad internacional a partir del triunfo del libre mercado, después de la desintegración de la URSS– nos dice que los populistas erosionarán nuestras libertades y están en vías de implantar dictaduras; la izquierda nos previene del ascenso del neofascismo legitimado por gobiernos que llegan al poder por la vía electoral. El consenso nos dice que la democracia corre peligro gracias a políticos depredadores, ególatras y corruptos. Donald Trump, en su segundo arribo a la Casa Blanca, es la mejor personificación de esta amenaza.

Los medios señalan, con justa razón, la concentración de poder, el ataque a los derechos humanos, la cacería de migrantes, entre otras medidas que se han recrudecido conforme avanza el período presidencial de Trump. Sin embargo, apenas condenan las desregulaciones que ha promovido para la industria tecnológica y, particularmente, las corporaciones dominantes del ramo como Alphabet (Google), Amazon, Apple, Meta o Microsoft. La expansión de estos emporios es, en gran medida, normalizada en todo el mundo, sólo hay críticas esporádicas en las redes y en la opinión pública cuando algún CEO como Mark Zuckerberg hace una declaración polémica (en enero de año pasado reivindicó la “energía masculina” para el ámbito empresarial) o respaldan una medida del presidente de Estados Unidos.

La investigadora Shoshana Zuboff –socióloga y profesora emérita en la Harvard Business School– publicó en 2019 (la edición en español es de un año después) La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. El libro describe, paso por paso, las diferentes estrategias que han usado las corporaciones tecnológicas para gestionar, mercantilizar y, por último, manipular lo que Zuboff llama “excedente conductual”. ¿Qué es este excedente? Es la enorme cantidad de datos que genera nuestra actividad no sólo en Internet sino en cualquier red que capture información. Se puede pensar, como afirma la autora en algunos pasajes de su libro, en una sombra que deja nuestra presencia en las numerosas interacciones mediadas por un ecosistema tecnológico y, por supuesto, cada vez más omnipresente. Esto forma parte de un concepto más amplio, una arquitectura generalmente oculta, que la autora ha denominado “capitalismo de vigilancia”.

A menudo se asume que el uso de la tecnología actual es neutral, es decir, una herramienta para que nosotros cumplamos objetivos tanto laborales como de entretenimiento o comunicación. También se asume que el costo de usar el correo electrónico –ahora casi monopolizado por Google– o alguna red social como X, Instagram, TikTok o Facebook es la avalancha de publicidad cada vez más personalizada que aparece en forma de videos y anuncios de todo tipo mientras navegamos. La intromisión publicitaria y la disminución de la calidad del producto llegan a tales niveles que el periodista y crítico Cory Doctorow inventó el término enshittification (traducido como “mierdificación”) para describir la cada vez más pobre experiencia que vive cualquier usuario de tecnología una vez que ésta se adueñó del mercado y se convierte en la única opción de comunicación, trabajo o entretenimiento. “Cuando no pagas por el servicio, el producto eres tú”, se comenta asumiendo, con resignación, que nos hemos transformado en receptores de una publicidad cada vez más omnipresente en nuestras pantallas. Incluso muchos piensan que es un intercambio justo por disfrutar de unas plataformas cuyo desarrollo ha costado mucho dinero e ingenio.

A lo largo de La era del capitalismo de la vigilancia, Shoshana Zuboff muestra las diferentes etapas mediante las cuales la tecnología ha medido y manipulado la experiencia humana. Captura del excedente, la búsqueda, la extracción, la rendición-conversión, la ratificación, el análisis, la predicción y la intervención. La historia que nos ha traído aquí empieza, por supuesto, con la creación de Internet y su transformación en un ecosistema privado y orientado a las ganancias. El primer experimento estalló con la llamada “burbuja de las puntocom” y, a partir de ahí, la red se convirtió en una plataforma para publicidad, rastreo de usuarios y, por último, modificación conductual.

Zuboff incluso va un poco más allá y analiza la tecnología actual desde los experimentos de B.F. Skinner, psicólogo conductual que en 1971 publicó el libro Más allá de la libertad y la dignidad, un alegato a favor del control social a partir de estímulos, castigos y refuerzos. El texto era una suerte de continuación “científica” de la novela Walden 2, publicada en 1948. La utopía de Skinner, que escandalizó a muchos lectores y críticos de aquellos años, era una sociedad sin libre albedrío, condicionada para funcionar más allá de la política, la libre elección y la posibilidad de moldear su propio futuro. Los “ingenieros” detrás de este experimento decidirían qué era lo bueno para la gente a la que manejarían como cobayas humanas, títeres manejados por los expertos. El único impedimento –además de convencer a la opinión pública y a los políticos– era la tecnología, pues ésta aún no tenía la capacidad de medir, estimular y vigilar cada espacio de la vida cotidiana. La omnipresencia de los sensores y el intercambio masivo de información en el siglo XXI está haciendo realidad la utopía del psicólogo estadounidense.

Shoshana Zuboff menciona un punto importante: en el capitalismo de vigilancia, la conquista de nuestras vidas ocurre a partir del shock. La avalancha tecnológica que nos invadió con el cambio de siglo –potenciada por los cambios legales para someter la privacidad de los ciudadanos después del atentado contra las Torres Gemelas en 2001– dejó a la sociedad expuesta a una amenaza para la cual no se tenían una conceptualización o una problematización adecuadas. Las regulaciones –tímidas e insuficientes en su mayor parte– se enfrentaron a corporaciones muy poderosas que ejercieron su influencia legal y política para no interrumpir la recopilación de datos y experimentar con los usuarios de la tecnología digital. El cambio es tan profundo que, como indica la autora, ya no podemos hablar de un capitalismo “tradicional” que domina y extrae recursos de la naturaleza para mercantilizarlos. Lo que se ha construido es una nueva fuente de recursos: la conducta humana que se vende a los nuevos clientes, las corporaciones –muchas veces aliadas con los gobiernos– que capturan los rastros cada vez más copiosos que dejamos para predecir no sólo lo que compraremos, sino cómo reaccionaremos a diferentes estímulos.

La ambición es tal –aceptada por los mismos oligarcas tecnológicos– que se intenta reconfigurar la sociedad a partir de los estímulos, recompensas y castigos que aparecen en las pantallas que están con nosotros todo el tiempo. Si el totalitarismo del siglo XX modificaba al ser humano a través del miedo, el “poder instrumentario” –término acuñado por Zuboff– crea una suerte de laberinto del cual no podemos salir, cuya coerción apenas se percibe o se disfraza de tecnoutopismo. En este laberinto sin paredes se moldea nuestra conducta, se extermina la libertad y, sobre todo, se integra a la persona en una colmena en la que todo el tiempo estamos actuando para el “otro”, es decir, ejecutamos un acto performativo para el público omnisciente de las redes sociales y de la red en general. Este fenómeno, profundamente agresivo, lleva a los adolescentes –víctimas principales de la adicción a las pantallas– a crear una identidad regulada por la volatilidad de los algoritmos.  

Con el cambio de siglo, la visión no sólo de Internet sino del ámbito digital como una etapa positiva para el desarrollo humano se transformó en una suerte de resignación ante la conquista de espacios ajenos a la mercantilización. Si la colonización de los siglos anteriores consistió en dominar espacios físicos, ahora el campo de batalla es la psique, la voluntad y el futuro que puede imaginar el ser humano. Shoshana Zuboff plantea dos posibilidades en este escenario: una es la lucha legal y política contra el capitalismo de vigilancia; la otra es, a mi parecer, la más realista: resistir a partir del conocimiento de cómo funciona esta segunda realidad que se apropia de nuestra experiencia en el mundo y, a partir de ahí, buscar refugio para evitar ser medidos, vigilados, castigados, manipulados y “arreados”, un término que usa Zuboff para crear la imagen de un rebaño que es conducido por espacios reducidos que extraen cualquier esbozo de excedente conductual: un gesto, una compra, el envío de una fotografía, una conversación, la ruta que hacemos hacia el trabajo.

Quizá, también, sirva recordar tiempos que no fueron idílicos, pero que aún estaban lejos del dominio tecnológico de hoy. Naomi Klein lo describe en un pasaje de su libro más reciente, Doppelgänger. Un viaje al mundo del espejo:

Siempre que oigo a jóvenes universitarios hablar de sus dificultades para lidiar con los rastros de datos que inevitablemente dejan tras de sí siento una enorme nostalgia de mis años de adolescencia y juventud, cuando no había celulares. Al echar la vista atrás me doy cuenta de que mis amigos y yo nos movíamos por el mundo como fantasmas: nuestros problemas, vidas sexuales, quejas, gustos musicales, aventuras y formas de vestir no dejaban casi ningún rastro. No entrenaban ningún algoritmo, no se almacenaban en ninguna nube y no dejaban ningún historial en ninguna caché, salvo por la caché ocasional de algunas fotos dobladas, diarios y cartas con borrones de agua, o mensajes escritos en la pared de un baño que desaparecerían con el tiempo. Era impensable que cualquiera que no fuésemos nosotros (y quizás nuestros entrometidos padres y madres) pudiese tener el más mínimo interés en las trivialidades de nuestra joven vida. Al mundo no le importábamos, y no sabíamos la suerte que teníamos.

 

 

*Fuente: LA TEMPESTAD.

https://www.latempestad.mx/tornavoz-capitalismo-de-vigilancia-shoshana-zuboff/?

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Me devora

ésta inquietud de noches despobladas

de voces deambulando detrás de los cuadros

de miradas esquivas

del temblor sin nombre

me devoran huracanes sanguíneos

lluvias en las venas

trata de devorarme la boca de la distancia

como si yo sólo fuera humo

 

*De Oscar Vicente Conde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Basta de llamarme así*

 

 

 *Por Juan Forn

Contratapa, 19.11.2010

 

 

En el Renacimiento, uno podía quedar viudo y llegar a cardenal antes de cumplir los veinte años. Es el caso de Luis de Aragón, quien supo brillar en Roma no por su devoción religiosa sino por su tren de vida, sólo comparable al de su compinche preferido, Giuliano de Médici, hermano menor del papa León X. La muerte prematura de Giuliano, en 1515, dejó desorientado a nuestro cardenal, que buscó sin mucho tino nuevas amistades, terminó por verse envuelto en una conjura contra el Papa y debió salir de raje de Roma y peregrinar por las cortes de Europa hasta que fuese seguro retornar a la ciudad papal. Luis viajaba con su secretario, el clérigo Antonio DeBeatis, quien llevó un diario de las actividades y tribulaciones de su patrón en ese exilio, razón por la cual sabemos hoy que Luis elegía qué cortes visitar de acuerdo con las obras maestras que hubiese en ellas (el arte era lo único que lo distraía de sus lamentos) y que, al pasar por el valle del Loire, y enterarse de que en el castillo de Amboise pasaba sus últimos años Leonardo Da Vinci, bajo la protección del rey de Francia, se presentó a rendir sus respetos y conocer al artista.

A causa de su vida loca, Luis había perdido la oportunidad de tratar a Leonardo cuando éste vivió en Roma, convocado precisamente por Giuliano para que “creara libremente bajo su protección” y expulsado por el Papa cuando supo de las investigaciones anatómicas que Leonardo realizaba con cadáveres. La cuestión es que Luis logra un encuentro con el viejo Leonardo en Amboise, la conversación vira rápidamente al recuerdo del amigo muerto y tan querido, y Leonardo decide mostrar a sus visitas un cuadro que tiene casi terminado. Se trata de un retrato de una hermosa dama semisonriente. Leonardo explica que fue el encargo más personal que le hizo Giuliano y que se trataba de una dama “muy importante para él, aunque no era su esposa”. El secretario DeBeatis anota que ni su patrón ni él reconocen a la beldad, sospechan que ha de haber sido uno de los tantos secretos del legendario Giuliano y ahí queda la cosa hasta que, casi quinientos años después, un loco lindo entre los estudiosos del Renacimiento, el italiano Roberto Zapperi, autoridad total y excéntrico ídem, rescata esas palabras de Leonardo obedientemente registradas por DeBeatis y perdidas después durante cinco siglos en el purgatorio de los incunables, y anuncia al mundo que tenemos un problema: el retrato más famoso de la historia, ese que el orbe entero conoce con el nombre de La Gioconda, o Mona Lisa, no podrá llamarse más así en el futuro porque la retratada no se llamaba Lisa ni estaba casada con ningún Giocondo.

La versión canónicamente aceptada hasta ahora es la que se cuenta en la Vida de Leonardo escrita por Vasari treinta años después de la muerte del genio, con testimonios de discípulos, colegas y demás personas que lo habían tratado. Vasari dice allí que, en 1503, en tiempos de estrechez, Da Vinci aceptó un encargo del prestamista Francesco del Giocondo para que pintara a su mujer, Lisa Gherardini (“Mona” era la manera en que se refería a las mujeres casadas en la época), y que Leonardo dejó el retrato sin terminar y sin entregar hasta que, en sus últimos años, en la corte del rey de Francia, lo retomó y lo concluyó. El cuadro le gustó tanto al rey que se lo quedó a la muerte de Leonardo y lo colgó en el pabellón de baños del palacio de Fontainebleau (según la leyenda, aquellos baños son el antecedente directo del Louvre: los invitados que iban a aliviarse tenían oportunidad de contemplar a gusto los exquisitos cuadros ahí colgados que, doscientos años después, merecerían museo propio).

Zapperi simpatiza de corazón con la idea del rey de Francia. Con lo que no está nada de acuerdo, desde que lo leyó de jovencito, es con el libro de Vasari. Ya entonces le parecía muy improbable (y los avances tecnológicos terminaron dándole razón) que la Mona Lisa hubiese sido pintada no de una vez (como demuestra la manera en que los pigmentos fraguaron en la tela) sino en etapas. Pero lo que le parecía más imposible es que Leonardo realizara el mejor retrato de su vida para un oscuro usurero, usando como modelo a una mujer de la que nada se sabe (de una beldad así se habría escrito algo; eso era lo que sucedía con todas las bellezas de la época que eran objeto de retratos o poemas, pero de la Gioconda de carne y hueso no ha quedado ni una línea). Basándose, en cambio, en aquellas palabras de Leonardo a Luis de Aragón sobre el encargo de Giuliano, Zapperi nos ofrece una historia extraordinaria, que si no es cierta merecería serlo.

Aunque Giuliano fue ante todo un tarambana, al llegar a Roma a darse la gran vida como hermano del Papa llevó consigo a un hijo natural al que había dado el nombre de Ippolito. Ya desde bebé era tan vivaz la criatura que hasta el amargo pontífice León X pedía que se lo llevaran de visita. Ippolitino creció y, cuando empezó a hablar, lo primero que preguntó a Giuliano fue por su mamma. Esto ocurrió cuando el Papa, harto de las correrías de su hermano, le arregló casamiento con una Saboya. Giuliano partiría al norte y volvería casado. Para que Ippolitino no se sintiera demasiado desplazado, Leonardo debía pintar un retrato de la madre para la nueva recámara del niño. El problema es que la madre había muerto al dar a luz y no se conservaba de ella ninguna imagen (ni siquiera había máscara mortuoria, ya que se trataba de una mujer “muerta en pecado”). De manera que Leonardo debía crear de la nada el retrato de una mujer que, según Giuliano, debía parecerle a Ippolitino presente de tan vívida y a la vez inalcanzable por estar muerta.

Según el gran Ernst Gombrich, La Gioconda produce exactamente ese efecto por el sfumato con que fue pintado su rostro: de ahí la inmortal reverberación en los ojos y en la boca (¿mira en nuestra dirección o no?, ¿sonríe o no?). Para lograr acabadamente ese efecto, Leonardo demoró, como siempre, demasiado. Su discípulo Salai (que significa “diablillo”) terminó de armar el enredo: fue quien dio los últimos retoques al cuadro y quien se lo vendió al rey de Francia. También fue el que bautizó a la dama “La Joconda”, usando la palabra dilecta de su jefe: todo lo que contagiaba ganas de vivir era “jocundo” para Leonardo. Y eso es lo que producía el rostro de esa dama sonriente a todos aquellos que lo veían. Nada que ver con el signore Giocondo, ni con su esposa Lisa, ni con los viejos tiempos de Leonardo en Florencia, mal que les pese a todos los que vienen repitiendo las palabras de Vasari desde entonces.

Zapperi necesitó treinta años cotejando infinitas fuentes para confirmar su corazonada. Su proeza final es demostrarlo en apenas 120 páginas, en su libro Adiós, Mona Lisa. Todo cobra vida y ocurre delante de nuestros ojos en su formidable alegato, hasta que llegamos al final y descubrimos de golpe que Zapperi nos lo ha revelado todo menos cómo llamar desde ahora al retrato más famoso del mundo. Ese es nuestro premio y nuestra función: poder mirar esta vez con ojos nuevos la imagen más vista de la historia del arte y decidir cómo habremos de llamarla de aquí en más.

 

*Fuente:

https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-157127-2010-11-19.html

 

 










MÁSCARAS* 

 

(Feliz renacimiento Amelia)      


Ella nació cuando en los colgajos negros de la noche

                                huían mariposas negras.                              

                             Era noche de Reyes, él ya no vendrá.                              

La recibió Thanatos.  Larga cabellera y ojos vaciados

-Hoy no, no es la hora, aún-

                    ÉL, Dios de la luz y el sol. De la verdad y la profecía.                    

                   De la curación y el arco.                         

 De la música, el poema y las artes, la recibe en sus brazos.

El llanto del recién nacido es música.     

Es sonido. No ruido. 

Allí, recién parida, aprendió que es el miedo. 

Desde ahí comenzaron las máscaras. 

Máscaras transformadoras de instantes,

                 de días, de años.           

Aprendió que la máscara es un signo de amor,

de magia, de vida. 

 De verdad y mentira. 

La fortalece, la reanima.  

Ya es carne de su carne. 

Siente que es capaz de todo: de curar con velas

                    y sahumerios de luna.                             

              De acercarse a los Dioses, de hablar con la lluvia.                    

Aparenta ser una sola pero, ay,

está hecha de partes de su vida misma.

Y ya están. No es posible quitar máscaras del ego.

 No es posible, porque sobrevivir

las frustraciones de la vida, no es fácil.

Sobrevivir la herida eterna no es fácil.    

                                Ella no es ella.                               

Ella no es ella

                              Es la sombra.                               

Si la encuentras, piensa, ella no es ella.  

Es páramo, verbena. Acaso ángel.

 

*Amelia Arellano       

5 de enero/ 2026

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Reyes magos*

 

 

*Por Antonio Dal Masetto.

 -Publicado en Página/12 el 18-02-2003-

 

Las fiestas de fin de año siempre las pasamos en casa de mi hermana, en Salto. Nos reunimos todos, abuela, hijos y nietos. Después de cenar, después de la sobremesa, acostumbro sentarme afuera, solo, en un banco de madera, en el jardincito del frente de la casa que da a la calle. Me llevo una botella y me quedo horas. Me gusta escuchar cómo los rumores del pueblo se van aquietando y luego abandonarme al silencio y mirar el cielo estrellado sobre los oscuros árboles quietos.

Desde el banco donde estoy sentado, si dejo la puerta abierta, puedo ver en el living el pesebre que mi hermana arma cada año. Pequeño, ocupa poco espacio en un rincón. El pesebre: proyección de un hábito que nos viene desde la niñez. Y tiene sabor a eso, a niñez. El detalle curioso es que las estatuillas de yeso son precisamente las mismas de nuestra niñez. Esas estatuillas viajaron con nosotros en el barco que nos trajo a América. Es increíble que se hayan conservado tantos años. Esto es mérito de mi hermana. Pasadas las fiestas, las envuelve con cuidado y las guarda en una caja, bien protegidas, hasta la Navidad siguiente. Por lo tanto ahí están, las mismas de entonces, el pastor con sus ovejas, el pescador con la caña al hombro, el montañés que toca la zampoña, la mujer que lleva un ganso en los brazos, el leñador con su hacha y la carga de ramas. Y por supuesto el niño, María y José. Y los tres Reyes Magos.

Cuando yo era chico las figuras que me interesaban y me atraían no eran ni el niño ni María ni José. Estas no me transmitían nada. No les veía nada especial. Sentía que eran gente como uno. Como mi padre, mi madre, como cualquier recién nacido. En cambio los Reyes Magos me deslumbraban, me inquietaban. Esos sí que eran personajes misteriosos, tenían luz propia, trascendían su diminuta estatura de yeso, venían de lejos, de países desconocidos, de Oriente, los guiaba una estrella, traían regalos preciosos, mirra, incienso, oro. Un vago eco de ese misterio todavía resuena en mí cuando me detengo un segundo a mirarlos en el pequeño pesebre del rincón del living.

También este año fui a sentarme en el banco del jardincito del frente y dejé que el tiempo pasara y me perdí en divagaciones que me llevaron lejos. Tal vez estuviese próximo el amanecer porque se insinuaba una vaga claridad en el horizonte cuando los vi aparecer. Los tres Reyes Magos. En el cielo. Venían desde la derecha, altos por encima de las casas. Iban uno detrás de otro, en fila india, ni muy cerca ni muy distanciados, encorvados, lentos, como si arrastraran un gran peso. Y su ropaje no era el que yo le conocía. Se los veía de aspecto más bien miserable.

Me pregunté hacia adónde se dirigían, en qué dirección iban. Tuve la impresión de que en ninguna dirección. No se los notaba para nada seguros, más bien parecían extraviados. Iban hacia adelante, eso sí, con esfuerzo y obstinación, era lo único que uno hubiese podido decir de ellos.

La palabra que se me ocurrió para describirlos fue cansancio. Se los veía cansados. Quizá cansados de su tarea rutinaria y del espectáculo de violencia y muerte que desde hace dos mil años fueron encontrando en su viaje sin fin. Cansados de atravesar un mundo que siempre está ardiendo y desangrándose en alguna parte. Tal vez cansados, desilusionados, de ir a adorar cada año al salvador de la humanidad, de quien, pese al gran sacrificio, pese a los muchos esfuerzos que pudiera haber realizado, hasta ahora no llegó ninguna señal alentadora.

Los tres Reyes Magos pasaron allá arriba frente a mí y luego llegaron hasta donde calculé que se acababan las casas del pueblo y comenzaban los campos, cruzando el río, y todavía durante un buen rato pude seguir su desplazamiento trabajoso, penoso, por encima de la tierra avergonzada.

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Ningún escritor sabe adónde va, aunque planifique sus versos, sus capítulos. Aunque imagine con claridad qué quiere decir. En verdad, no lo sabe. Su universo de palabras ambiguas, su mentira consciente, sus traslaciones retóricas, lo llevan a un lugar desconocido. Ese desconocimiento es el motivo principal del arte, y especialmente de la literatura, manejada de palabras, es decir de órdenes falsos.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 


 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 

 

 

 

EL NAUTILUS A GOYENECHE*

 

 “Soñé que el Nautilus seguía en el taller del Moncho, que allí estaba abandonado, que ni Gino ni el tío Nicolás lo habían retirado, que por lo tanto nada había sucedido, que el tiempo y sus acontecimientos se quedaron suspendidos allí mismo, cuando el futuro aun sería unos soplos invisibles de aire por respirar y nada había escrito…”

 

 

1. soplos invisibles de aire

 

Cuando el tío Nicolás descubrió al Nautilus en una calle olvidada de Lanús oeste sus vendedores le dejaron una frase que interpretó como una apurada del tipo no demores que lo vendemos, le dijeron: “vos crees que tenés todo el tiempo del mundo”.

Fue una enseñanza existencial.

 

 

 

 

2. La utopía

 

El nautilus era la perfección del deseo: podía adaptarse a casa rodante, o colectivo de viajes de turismo o pesca. Para lo que fuera se veía bello como la utopía de la libertad. “hasta recorrer la ruta 40 completa no paramos”

Nicolás ya no trabajaba en el negro humo de la fábrica de neumáticos.

Hacía cobranzas en su moto tehuelche. Llevaba unas antiparras que desataron la imaginación de los amigos de Eduardo.

 “ahí viene el mariscal del aire”.

Claro que el Tío no tenía dinero para cumplir el sueño del pibe ya muy grande.

 

 

 

3. Proyecto Nautilus

 

-según Kalman.

 

El tío de Eduardo no tenía dinero para comprar al Nautilus y menos aún para invertir en ponerlo en marcha. Ahí entro a la historia el Gino su vecino del barrio La Huella. El Gino llegó por un enredo pasional. Aintza mujer del tío tenia de vecina cercana a una bella joven cuyo nombre era único e irrepetible: Blancanieves.  El proyecto Nautilus lo apasiono tanto o más para ganarse el afecto inalcanzable de la más hermosa muchacha de Llavallol. El tío y Aintza eran el arco iris para la ilusión que no se lograba con piropos al paso.

Gino le decían porque era un italiano pícaro como Gino Renni, pero su nombre era poco usual: “Egidio” aunque en aquel Llavallol de migrantes abundaban los nombres únicos como el mío: Kalman.

El Gino regateo el precio todo lo que pudo, pero pagó lo que le pidieron por el Nautilus. Contrató a un gestor para averiguar si tenía problemas de multas y puso al submarino con ruedas a su nombre.

De allí fue directo al taller del Moncho. Había que hacer de todo en mecánica, algunos parches de carrocería y un capricho que estaba dispuesto a pagar: colocar debajo del chasis enormes tanques flotadores para que el aparato no solo fuera por las rutas sino pudiera entrar a un lago apacible del sur como barcaza.

 

 

 

4. El espíritu de los abismos

 

-Según Esteban-

 

Para los muchachos del industrial, Llavallol era el ombligo del mundo.

Créanme que las historias personales que escuchamos fueron y serán la continuación casi perfecta de mitos o canciones infantiles.

 

Al Don

Al Don

Al Don Pirulero

cada cual, cada cual

que atienda su juego,

y el que no, el que no

una prenda tendrá.

 

Cada cual hace lo que puede con sus mandatos inconscientes. El verdadero juego que hay que atender. Por eso la historia de Egidio y Blancanieves, (o Gino y Blanca como se hacían llamar para el barrio) se sostiene en la opacidad.

Eran jóvenes, buscaban su lugar en el mundo.  Como dejó escrito Jung el espíritu de los abismos buscaba su senda para manifestarse.  Con el amor, con malentendidos entre el deseo y la comunicación, arriesgando tener una prenda mientras cada cual atiende a su juego

 

 

 

 5. El viaje inaugural

 

Ya no era la ruta 40 sino un objetivo posible y modesto en el interior cercano. Elegir fue un juego: cuatro lápices de colores, un mapa extendido de la provincia de buenos aires. Cerrar los ojos y marcar una zona. Luego se sortearon los colores. Aintza con lápiz azul.  Blancanieves con verde. Gino con rojo y Nicolás con violeta.

El bollito de papel lo eligió Blanca. Era el azul.

Que decía el punto marcado en el mapa: “Goyeneche”.

¿un pueblo homenaje al polaco Goyeneche?

Aintza recordaba haber leído el nombre en un letrero de la ruta 215 camino a Monte.

Vamos -dijo Gino. Si no podemos acampar allí seguimos a la laguna de Monte.

Por las dudas en el camino día pararon en La Estrella de Udaondo y se aprovisionaron de salamines, queso de campo, pan.

 

 

 

 

6. Música en viaje.

 

-según Eduardo.

 

Sí. Aquel presente de época era para Palito Ortega y Sandro.

Sin embargo, el pasado tanto como un futuro inevitable ya estaban escritos en “Naranjo en Flor”

El tío tenía muy presente la voz dramática del polaco Goyeneche. Gino quería que su Blancanieves escuchara la versión moderna de Horacio Molina.

“Era más blanda que el agua, que el agua blanda.... Era más fresca que el río, naranjo en flor...”

Gino le tomaba la mano a Blancanieves mientras escuchaban, aunque el cambiaba “blanda” por “Blanca” suspirando un amor bien desafinado el Gino.

“Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamientos...”

Para todos, para cada cual llegaría un futuro insondable en el que la vida sería un pájaro sin luz.

 

 

 

7. La noche

 

Al recuerdo del tío Nicolás.

 

La estación estaba cerrada, no había nadie, ni rastros de población. Hicimos un fueguito entre las vías, para alumbrarnos, calentar la pava y a tomar unos mates antes de ir a dormir en el submarino rodante. El Gino y Blanca estaban acaramelados. Nos miramos con la vasca: vamos a darles la cama grande a los novios.

A la medianoche se escuchaban los grillos de la intemperie. Blanca y Gino no terminaban nunca de jadear. Entonces sucedió algo mágico e inexplicable. Se escuchó una melodía de flauta, repetida, una y otra vez la misma… “el mismo Dios desde la oscuridad quiere que escuchemos esto” dijo Aintza. Hacia el oeste, donde terminaba el andén desde un frondoso cañaveral partía el sonido, por cierto, parecía una señal para aprender. 

Nos dormimos abrazados sentados en los asientos de adelante mirando al cielo derrumbado en estrellas.  Cuando despertamos al primer amanecer solo soplaba el viento.

 

*Por Eduardo Francisco Coiro.

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