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AGOSTO/2003

Cada vez que me encuentro en una encrucijada, en una esquina de silencio ante la escritura, busco el rumbo perdido en párrafos de La hora sin sombra. Estoy en el capítulo 35, leyendo una cita de Cioran "las palabras son gotas de silencio a través del silencio". Osvaldo Soriano esta despidiendo a su padre y es el final de la novela: "...sólo damos el paso decisivo hacia nosotros mismos cuando ya no tenemos origen. A esta altura es tan difícil comprender el sentido de una vida como buscarle un significado a Dios. Sin padres, sin infancia, sin pasado alguno no nos queda otra posibilidad que afrontar lo que somos, el relato que llevamos para siempre ".

Fue en agosto.

Veo a mi hija, esta a menos de un mes de cumplir cinco añitos, esta sentada bien al borde de la mesa de comedor diario en la cocina, se desliza recorriendo los bordes. Yo trato de hacer algo en la mesada, lavar un par de platos, unos cubiertos, solo para distraer la angustia. Mi no saber aceptar el paso siguiente a través de otro umbral al que nos conduce el vivir. La miro con cierta cara de desesperación, no quiero cortar su juego y decirle cosas del estilo -¡Te vas a caer y te vas a romper la testa cuadra ..! , como me decía mi abuela materna, única que conocí de los cuatro abuelos.
En un momento de sutil equilibrio, siento que efectivamente se va a caer y que la angustia que se respira en el aire la va a convertir en protagonista a través de un chichón.
Pero allí, me pregunta con su mirada crisol de generaciones:

-Es cierto que el abuelo murió?
-Sí, hijita.

-No va a poder tomar más mate?
-No mi amor, se murió.

Creo que lo logro, me obligo a pasar el umbral del silencio a la palabra, a confirmarle lo que ya había escuchado al mediodía, cuando la madre lloraba del otro lado del teléfono, apenas audible, desgarrada. Tuve que decirme(le) que el abuelo no podía seguir con la imagen que más lo hacía reconocible, tomar pavas completas de mate, cortando apenas la mateada con algún cigarrillo fumado con la abuela para transgredir a medias el consejo de los médicos. Si, se fue toda una institución me dice la madre de mi hija cuando esta apenas serena, recordando en fogonazos escenas de la vida de su padre.
Recordé la admiración y amistad que tenía por Luis Franco, a quien nombraba con un respetuoso "Don Luis", y también el ejemplar de Insurrección del Poema que este le dedico de puño y letra a su amigo Emilio. Por algo empecé escribiendo con ayuda de Osvaldo, pues yo, que lo oí una y otra vez cagarse en Perón y en todos los fascismos del mundo, siempre intuí que él era una especie de pariente perdido de José Vicente Soriano. Tal era mi presunción que hasta había encontrado de esa manera, una justificación algo esotérica a por que a mí nunca me llamaba "Eduardo", sino José como alias, cosa que continuó hasta el fin con su nieto, a quien llamaba también José o Josecito. Cierto, que cada uno de nosotros se parece un poco al personaje literario que Osvaldo construye de su padre. Emilio con su antiperonismo ilimitado, yo con mis ideas utópicas, casi delirantes.
Emilio salvaba cuestiones existenciales manejando en la ruta, cargaba a su mujer, su perro bóxer y salía a recorrer kilómetros, quizá tenia alguna afinidad con Lem de Una sombra ya pronto serás, pero sin duda era un personaje escapado de alguna novela de las que Osvaldo escribió o hubiera podido escribir si hoy viviera.
Ese día las nubes frías y altas se escapaban del oeste, las veletas del tiempo girando con la velocidad de los territorios que se hacen países, mares, figuras extrañas y lábiles que se cruzan con nuestra imaginación en esas nubes que escapan definitivas.
Seguro que nadie olvida días como estos, antes o después del cruce, el punto justo del silencio donde alguien querido queda para no ser, no oír, no ver.

Recordé el día de la muerte de mi padre, casi sin esperanzas, yo rezaba a la misma Madonna de Viggiano que pudiera ver a su nieta cumplir 3 años, antes de las ocho llamaron de la clínica, salí en un remis, el cielo estaba abierto y celeste, como el que uno podía ver abrirse en sus ojos si uno exploraba con atención su mirada. Lo sentí, todo el cielo eran sus ojos bien abiertos y grandes, pero en el silencio del viaje, con los ojos llovidos de lágrimas solo atinaba a escuchar ese fragmento, la única canción que le escuche entonar en italiano en mi vida. Una canción de amor, un acorde dulce a una napolitana. Un llamado de amor en medio de una despedida.
Y como le pasaba a él, cuando olvide la letra solo recordé y seguí escuchando muy adentro, el silbido con el que él seguía largo rato después de olvidar la letra.

Vi su imagen de juventud, el sigue en el barco como 49 años atrás silbando su despedida en una canción de amor a una mujer, una napolitana, o algún amor perdido de Paterno Di Lucania, su pueblo, quizá era recordar a su madre, o a su hermana que lo despiden en el puerto umbral de otro mundo y otras estaciones.
Y sentí que estaba allí, arriba del barco, que todavía no había llegado a América, que toda la esperanza podía caber en esa breve estrofa de amor, pensé eso, y entré para siempre al umbral de la terapia intensiva.


Abrí ojos nublados para ver a mi hija, le pregunto ¿qué haces en el borde de la mesa?.

-Juego al abismo Papá...

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